Si bien es cierto que el periodo estival ha sufrido una metamorfosis importante en cuanto al asueto de la gente, no lo es menos que el mes de agosto –que se inició ayer, sábado– continúa siendo el rey de las preferencias vacacionales para una gran mayoría. Los datos son incontestables. En estos tiempos de aceleración sistemática, se viaja más que nunca; incluso a sitios que solo eran una ensoñación difícil de hacer realidad, por no decir imposible. El ansia de conocer lugares alejados se mitigaba, en parte, con las postales que circulaban entre la vecindad por aquello de la emigración y con los recortes de alguna revista de la época. Sin embargo, hoy la gente busca zonas inverosímiles y los viajes se preparan con probada antelación. Improvisar un destino ha pasado a un segundo plano. Es la civilización del ajetreo estival y para la que no existen distancias.
Con todo, y a pesar de este modo actual de entender la vida, aún se conserva en la memoria de quienes se acuerdan de la edad del pavo y a la fecha son setentones, las imágenes de cómo se disfrutaba el verano y de qué manera. En la confraternal capital leonesa, donde se vivía el estío con diferente ánimo y despaciosidad, la gente se iba a su pueblo y los de los ‘posibles’, una minoría, ponían rumbo a Asturias. Y el que no tenía ni lo uno ni lo otro, acudía a La Candamia, que era como el paraíso doméstico más valorado y cercano. La naturaleza ensoñada a tiro de piedra. La vieja Candamia –a la fecha muy diferente que antaño– acogía con benevolencia a toda esa hornada de leoneses que, superado el Egido Quintín, se adentraban en un caminito retorcido de tierra y polvo, florido de incitadoras moras a ambos lados. La tentación de cogerlas se aceptaba como liturgia obligada y la mayoría ‘pecaba’ sin remedio.
Tras cruzar el frágil puentecillo que salvaguardaba el paso de una pequeña presa y después de un tramo más recortado y sombrío, se alcanzaba la chopera. Allí, erecta y agolpada, con poderío bárbaro, se descubría lo más parecido a una tasca que hacía las veces de reposo y alterne campero. Al fondo el Torío, un río de suave discurrir, con sus blanquecinos cantos rodados y una notable presencia cangrejera. Detrás, las paredes arcillosas, coronadas a su espalda por un gran pinar -santo y seña de enamoramientos y amoríos fugaces- y, en el medio del anaranjado macizo, la legendaria Fuente del Oro, llamada así por la quimérica historia de la doncella judía y el tesoro allí enterrado.
La Candamia formaba parte esencial de muchísimas familias capitalinas. Hasta allí llegaban los domingos –por entonces los sábados eran laborables- provistos de las inolvidables tarteras de aluminio en las que reposaban los filetes empanados, los pimientos fritos, las tortillas y el embutido. El vino y la gaseosa se adquirían en la cantina y se enfriaban en la frescura de la orilla del río. No faltaba ni el baño ni las risas. Nada se echaba de menos porque tampoco se tenía. Y así, tan ricamente, se pasaba el verano con una humildad y conformismo que, a pesar de parecer lo contrario, resultaría hoy, si se repitiera, un mundo envidiable.
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