Pues igual me equivoqué. Hace unos años acabé una columna sobre la IA afirmando que “existiendo madres, el mundo nunca correría peligro». Que Alexa o Siri fueron simples imitadoras suyas, guiándonos toda la vida sin apenas dejarse ver, sin enviarnos por calles sin salida, autovías en obras o caminos con lobos. Y si las funciones que hacen ciertos aparatos les dan la categoría de inteligentes, habría que hacer justicia con ellas porque adivinar pensamientos, procesar problemas y buscar soluciones inmediatas, lo hacen las madres desde que encalaban las cavernas.
De vivir el abuelo, no le gustaría que dijera esto, por aquello de no hacer leña del árbol caído, pero era cuestión de tiempo que los dos trenes que venían de frente se dieran de bruces. En la misma semana nos echamos las manos a la cabeza por dos noticias que se complementan. Por un lado, la dimisión de uno de los cerebritos que han creado y alimentado al monstruo de la IA, advirtiendo al mundo de que, si no se pone freno, la Inteligencia Artificial podría ir por libre y tomar sus propias decisiones, sin el control humano. Si no fuera tan serio, sería un buen guion que la propia IA haya creado un código oculto con un mensaje que asusta, escondiendo a sus creadores sus propias trampas y las de sus hijos, es decir, las de futuras versiones de sí misma.
Para los que vivimos más pegados a la acera, esto resulta tan abstracto que cuesta entenderlo. Y tan lejano, que cuesta preocuparse por ello. Ya nos cabreamos en su día y supimos que no iban bien las cosas cuando el abuelo no pudo sacar la pensión como lo hizo siempre. Le dijeron que debía sacarlo en el cajero, con una tarjeta y tecleando un código PIN. No consigo ni imaginarlo. Supimos que no iban bien las cosas cuando hubo que echarse a la calle y legislar para que un humano atendiera a otro, como se hizo toda la vida, aunque nada volvió a ser lo mismo. Cómo consiguieron deshumanizarlo todo en tan poco tiempo, convertir en dependientes a personas que un día eran capaces de gestionar su vida y, al siguiente, fueron estigmatizadas por no conseguir adaptarse a los “avances» tecnológicos, si puede llamarse avance a algo que, en vez de facilitar la vida, se la complica a los que más ayuda necesitan. Era cuestión de tiempo…
Y volvimos a echarnos las manos a la cabeza con la otra noticia de la semana. Los demoledores datos del informe PISA, según los cuales España tiene los peores resultados de su historia en tres asignaturas, haciendo especial hincapié en la bajada de la comprensión lectora. Solo un 2% de los adolescentes con los que se hizo el estudio, es capaz de leer un texto extenso y a la inmensa mayoría les cuesta leer un texto de más de 400 palabras, acostumbrados a mensajes donde brevedad y rapidez se imponen. No hay tiempo para lecturas reposadas. Se asocia este desastre al uso de aparatos digitales y de la IA para hacer sus tareas escolares. A quién se le ocurrió que un niño llevara un móvil al colegio para mirar cuál es la capital de Francia, en vez de memorizarlo. A quién le pareció buena idea que la memoria de los aparatos sustituyera a la de los niños. Y cuándo decidimos comprarles una tablet en vez de una colección de libros. Ahora llegan los lamentos y más de 100 países restringen el uso de móviles, relojes inteligentes y otros dispositivos, en los colegios, para que los niños se centren. Ya tenemos una Inteligencia Artificial amenazando a la humanidad con códigos ocultos, a unos adolescentes anestesiados por pantallas virtuales, incapaces de asimilar un texto de más de 400 palabras y allá, en el horizonte, un futuro de lo más prometedor.
Quizá sea el momento, antes de que la cosa se haga irreversible, de no seguirle el juego a los amos de la IA, porque el verdadero peligro son ellos. Quizá sea el momento de recuperar nuestra propia inteligencia, que entre todos, algo juntaremos. Rescatar cuadernos, lapiceros y gomas de borrar con olor a nata, en las aulas de los más pequeños. Que aprendan a leer y escribir a fuego lento, deletreando cada palabra, como se hizo toda la vida, y no se admita ni una falta de ortografía en sus libretas. Y cuando ya lean, que graben en su propia memoria que París es la capital de Francia, sin buscarlo en ningún aparato. Quizá haya que admitir que se han cogido atajos que no llevaban a buen puerto y haya que desandar caminos. Se empezó desautorizando a maestros y profesores y se terminó, por inconcebible que parezca, permitiendo faltas de ortografía en las universidades.
Como desahogo personal, me dirijo a esta IA empeñada en poner AVE con mayúsculas en mis textos. Parece no conocer más AVE que el que alcanza 300 km/h sobre las vías. Tan lista para amenazar a la humanidad con códigos secretos y tan tonta que ignora que a León no llegan más aves que las que sobrevuelan las peñas y anidan en los aleros. De ser otros tiempos, le haría escribir cien veces: “Vencejo es un ave y no se escribe con mayúscula». Y lo haría sobre un cuaderno de papel, como se escriben las cosas.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.