España tiene venas de asfalto. Cientos de capilares casi olvidados que llevan a todos los lugares y a ninguno, donde habita el alma, los aromas y las esencias de cada una de nuestras patrias particulares. Carreteras secundarias como cicatrices en la montaña, el páramo o el desfiladero, huellas de otro tiempo sin las cómodas autovías que cosen los extremos y aíslan el territorio, que ignoran todo lo que se escapa de los guardarraíles.
Alfonso Armada ha recorrido ‘Por carreteras secundarias’ las rutas de ‘La España vacía’ de Sergio del Molino, incluida la ‘Tierra de Campos’ de David Trueba. Son algunos de los títulos de la que ya se ha llamado la literatura de la despoblación, que señala con una mezcla de nostalgia, crítica y desaliento el mayor drama de un país que pierde su identidad en el silencio de cada portón cerrado. Libros para un momento histórico de agonía de nuestro mundo rural en una reivindicación desesperanzada, un grito ante el abismo, cronistas de lo que parece que se extingue sin remedio, sin que la política sea capaz de dar soluciones eficaces al problema. «Estamos en un paraíso que no hemos sabido vender», espeta sin contemplaciones uno de los muchos testimonios de supervivientes del éxodo que recoge esta obra. Un recorrido, siempre por carreteras secundarias, que se traza con las únicas máximas de evitar las grandes ciudades y las zonas de costa (benditas de playa) para adentrase en tierras sin forasteros, donde el turismo es una anécdota (a pesar de la señalización y las ayudas para casas rurales) y los oficios artesanales penden de los últimos sabios con herramientas maltratados por el tiempo. Allí donde la vida late y se paró para siempre, Armada revive las tradiciones que nos describen en un nuevo ‘Viaje a la Alcarria’, a todas las Alcarrias del siglo XXI, arropado en cada página por la sabiduría de los gigantes de la literatura y las artes que nos ayudan a visitar desde la distancia, a sentir desde la ciudad el viento de la montaña o el olor de la paja recién cortada.
Por carreteras secundarias, serpenteantes en las cordilleras e infinitas en los horizontes de las mesetas, se siente la catarsis en su significado clásico de purificación de las pasiones ante la contemplación de la tragedia. «Cuesta aguantar» también le confiesan a Armada algunos de estos héroes por virtud o necesidad. La lucidez es siempre más aterradora que la ignorancia y los paisajes del camino invitan a la reflexión sobre los problemas condenados a repetirse. Así, el plácido Canal de Castilla, aquel río que no termina en el mar, fue un proyecto comunitario y solidario entre las Españas, antes de matarse y reconciliarse otras tantas veces, antes del actual rompecabezas de nacionalidades excluyentes.
A cada paso de esta ruta de rutas, de caminos por recorrer, el periodista nos apuñala con una daga fina y estrecha en el costado, añadiendo más sufrimiento a la belleza del relato. En casi todas las paradas, para una corta conversación o para hacer noche en la única fonda, deja caer el dato de población que desangra cualquier futuro también para este y aquel pueblo. De 800 a 200, de 500 a 20, de 200 a 15... es la aritmética imposible de los estertores de una forma de vida. Pregunta Alfonso Armada a un ganadero bravo sobre la tauromaquia: «¿Sufre el toro?». «No llora», le contesta. Nuestra España secundaria tampoco llora.
Venas de asfalto
19/07/2018
Actualizado a
18/09/2019
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