Era el día que nace junio, pero hace un año, cuando hablé de niños de agua porque tres días antes, un cayuco transportaba 160 esperanzas desde Guinea Conakry. Ya rozaban la tierra prometida y se pusieron de pie con los sueños en la mano, como único equipaje. De forma inexplicable, el cayuco volcó cuando desembarcaban y el agua se quedó con siete vidas.
Aquella misma tarde, Carmen Brañanova, la mujer con música en los dedos y caracolas en el pelo, ofreció un repaso por la historia del fado a un público entregado. Y, como si las hadas hubieran preparado las cosas, remató el acto mezclando música con olas, con un fado de Cecilia Meireles. Resultó ser el réquiem perfecto para los que se hicieron agua aquella misma mañana. «Puse mi sueño en un navío y el navío encima del mar. Después abrí el mar con las manos para que mi sueño naufragase… El viento va viniendo de lejos. La noche se curva de frío. Debajo del agua va muriendo mi sueño. Va muriendo dentro del navío».
Busqué esa columna porque recordaba haber hablado antes de la mujer de música y la encontré pegada a esa noticia, pero atravesé las de todo el año y me fueron produciendo cansancio. Sé que estoy cansada porque me hundo en todos los cayucos y me ahogo en todos los mares. Solo ese fado con el viento viniendo de lejos, me suavizó el recuerdo de esta noticia. Sé que estoy cansada porque aún no se me han secado las trece borrascas con que abrimos este año, sin darnos tregua. Todas bautizadas y anunciadas. Todas con nombre propio, mientras diez víctimas de violencia machista se fueron compartiendo fecha con la lluvia, pero sin nombre ni cara. Simplemente se fueron sin apenas mojarnos.
Sé que estoy cansada porque anoche dormí poco. Si hoy no llego a la columna, estoy secuestrada en la antigua casa del cartero de Pedregal, atrapada en el fondo de la música. Como pista: un trozo de mar disfrazado de portón azul, guardián de un inmenso patio de piedra blanca y suelta, simulando ser playa entre caminitos empedrados negros, que hacen de costas. Y allá arriba, majestuoso, un inmenso balcón de madera hace de acantilado. Todo ello iluminado por doscientas velas, ejerciendo de faros. Así lo construyó su dueña y, si ella lo dice, en aquel patio está el Cantábrico. Allí convoca a los amigos al caer la noche, cada julio, desde hace trece años. El embrujo empieza con la primera mirada. Después se ocupa el rabel y la guitarra, la piedra, el aplauso y el poema que se van enredando. Y sobre la viga, el ratón paseando sobre Diego y Carmen, encantados de vernos tan centrados, hasta que descubrieron que miramos un poco por encima de sus cabezas, esperando al espontáneo de la viga, de cada año.
Anoche se unieron aires de Peña Ubiña con aires del Teleno, que Mercedes González Rojo trajo enganchados en sus letras. Ella fue palabra mientras Carmen y Diego, el grupo Gijón de Pulso y Púa, tirando de dos ovillos, tejen melodías a mano y las bailan. Las bailan sus dedos sobre las cuerdas y las bailan sus miradas, que se buscan, se chocan, se agarran por la cintura y se separan, creando notas y naciéndolas durante más de una hora. La noche sabe de sobra que un día al año debe bajar callada y sentarse sobre las tejas y los paredones. Sabe que tiene que estar quieta y muy oscura para que el embrujo de las velas se produzca. Así es el encuentro músico literario que cada verano disfrutamos en casa de la mujer de terciopelo. La mujer Velvet, que por una noche te hace soñarlo todo y convierte un patio en el Cantábrico.
Pero a pesar de ella, sé que estoy cansada porque me queman todos los incendios y me hieren todas las batallas. Y de tanto repetir que no pueden castigarnos con tanto bombardeo, vidas naufragando y tierras calcinadas, se ha cumplido la petición velada y ahora es peor. Me provocan cansancio las noticias silenciadas, que el silencio pesa más que las palabras. Produce más azogue no saber si Gaza sigue estando solo en los mapas y la pequeña Juda Galia sigue gritando «¡Padre, padre! Levántate, regresemos» junto al cadáver de su padre y otros siete miembros de su familia, muertos en una playa de Gaza. Y qué fue de aquella guerra de los girasoles que casi se combatió en nuestros salones. Pasamos de casi esquivar misiles a un apagón informativo en el que Ucrania y Gaza ya no existen. Qué ha sido de los centros de migrantes y las cacerías humanas en las calles de Minneapolis.
Y sin salir de casa ¿Han encontrado ya a los 23 desaparecidos en el incendio de Almería? Sé que estoy cansada porque me enerva el descaro con que ahora silencian todo, no pensando en nuestra salud mental, sino en ocultar sus negligencias. Pasaron a otro nivel sin avisarnos.
Si no llego a esta columna, ya no estoy en el fondo de un fado ni en un patio empedrado. Me fui en busca del caballo aparecido en San Emiliano, que van a subastar por no encontrar al dueño.
Que lo liberen de nuevo y nadie venga a rescatarnos. Que hoy empiezo mi descanso veraniego y me apetece escaparme con él.
Feliz descanso, amigos
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