08/03/2026
 Actualizado a 08/03/2026
Guardar

«Eres la tesorera del silencio, / el sauce que se inclina a toda pena; / eres la que se queda fuera de las palabras; /sólo un nombre ojival puede nombrarte: / madre del pan de trigo, sí. / La sombra de una sonrisa tuya iguala a mil cerezos…» Cantiga I (Miguel D´Ors).

Pues claro que hoy hablamos de nuevo de mujeres. De mujeres vivas, incluso sin estarlo. Hace días releí las tres Cantigas de Miguel D´ors, a quien siempre menciono por su poema dedicado a los abuelos. Pero esta vez, de esa masa que hizo con silencio, pena, pan de trigo y cerezos, vi nacer a una mujer de cuerpo entero, como surgida de la tierra, casi siempre callada, tan resistente como frágil y hermosa, muy hermosa sin saberlo. Así vieron las cosas unos ojos niños y así recuerdan a las personas de su infancia. Ellas, silenciosas y ellos, bonachones. 

Ellas llevaban el pelo recogido y ellos hacían cestos. Primero, buscaban las ramas más finas y flexibles de los fresnos y avellanos, o de las salgueras que escoltaban al río y al reguero. Pelaban las varas, raspaban sus malezas y las metían en agua para ablandarlas. Después de un proceso misterioso para nosotros, cogían un manojo y empezaba un juego de fuerza y resistencia entre ellos, un baile de manos y cañas cediendo poco a poco, hasta convertirse en ramas domadas, formando un entramado que a los niños nos resultaba hipnótico. Sobre todo, cuando era una cesta pequeñita con las cañas bien peladas, casi blancas, y con asa. También hacían cestos más grandes y toscos, con velortas  gruesas, para resistir el peso con el que cargarían toda su vida. 

Hace tiempo que sospecho que las mujeres de mi infancia eran de mimbre, habían sido `domadas´ con mimo, sin darse cuenta ni los unos, ni los otros. Ni las manos que torcían, ni las tiernas ramas que cogían la forma que el artesano deseaba. Primero eran cestitas blancas y después canastas con regazo grande, en el que cupiesen hijos y cosechas. 

Recuerdo hombres y mujeres buenos ejerciendo el rol que les tocó en suerte, porque la vida viene rodando con sus defectos y nos amoldamos a ellos, sin pensarlo. Tal día como hoy hace cinco años, este periódico dedicaba el Día de la Mujer a Aurora Tejerina, con un maravilloso artículo del maestro Ful, titulado «Rompí aguas mientras araba». No tuvo que buscar título porque así nos lo dijo Aurora y la frase era insuperable. Junto a ella Vicente, su marido, meneaba la cabeza recordando cuánto trabajaban las mujeres dentro y fuera de la casa, mientras murmuraba «cómo no nos dimos cuenta». 

Cómo no nos dimos cuenta de que ellos tenían profesión, figuraban como minero o agricultor en alguna parte, mientras ellas «solo» se dedicaban a sus labores. 

Cómo no nos dimos cuenta de que sus labores era levantarse con el alba, atender hijos, ganado y campo mientras los maridos picaban en la mina o en un campo más lejano. Cómo no nos dimos cuenta de que aquellas mujeres tan fuertes a la fuerza, eran frágiles ramas trenzadas, aunque ya tuviesen la forma del esfuerzo en la espalda, sin quejarse. Cómo no nos dimos cuenta que ninguna fue alcalde del pueblo y, al llegar de la trilla en familia, las niñas iban a la fuente por agua fresca para la comida y las madres ponían la mesa, mientras ellos dormían la siesta del carnero, entre el trabajo y la mesa puesta. Cómo no nos dimos cuenta de lo bonito que tenían el pelo, que siempre llevaban recogido para que no cayera en la masa de la artesa, en el puchero, en la cuna del bebé, en el caldero de leche durante el ordeño, o en la sopa del abuelo. Pelo recogido para que no se enredara con la hierba en día de siega, o con el viento en tardes de pastoreo, ni con las ramas de los robles cuando tocaba ir a leña. Cómo no nos dimos cuenta de que llamábamos  silencio a su cansancio. De que apagaban la luz de la cocina cuando todos los demás dormían y daban de comer a las gallinas antes de que nadie despertarse. Sus labores, lo llamaban, sin darse cuenta nadie de que hasta el día deseaba que parasen, para poder ser noche.

Nunca tuvieron pancartas para pedir un sueldo o un descanso. No tuvieron techos de cristal. Los suyos, muy opacos, eran de vigas ahumadas y tejas. Para ellas ascender era subir la escalera de mano que daba al pajar y no conocieron más escalones que los que daban a las alcobas. Nunca tuvieron tractor, ni comité de empresa, ni fueron a la feria a comprar pienso. Eran mujeres de mimbre trenzadas para el silencio. 

Cestitas de ramas finas casi blancas y cestos de cañas endurecidas por el esfuerzo. Mujeres nacidas para el trabajo, para el cuidado ajeno y la labor frente a la lumbre, que precedía al sueño. Así vivieron, sin saber que tenían derecho a tener derechos.  

Mujeres que merecen el mismo final que principio, extraído de la Cantiga III de Miguel D´Ors: «Eres madre del pan, eres un cuenco/de leche hospitalaria, bien caliente; / eres humildemente la cerilla / que alumbra un apagón de cuatro siglos… No me niegues a mí tu voz, la chimenea / de todos los viajeros del invierno».  

Feliz día, Mujeres.
 

Archivado en
Lo más leído