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Vegas para flipar en colores

12/03/2026
 Actualizado a 12/03/2026
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‘Vega’, además de ser un apellido relativamente común y un nombre que cada vez se pone más a las niñas, es, según el diccionario de la Rae: «Terreno bajo, llano y fértil, regado generalmente por un río o un canal». En León tenemos decenas de pueblos que llevan en su nombre la palabra ‘vega’ en su nombre: Vega de Infanzones, Vega de Valcárcel, Vega de los Árboles, Vegaquemada, Vegacervera, Vegapujín…, y bastantes más que, si los pongo todos, no me cabrían en el artículo. Sin embargo, ‘Vegas’, en plural sólo hay tres en la provincia y unos pocos más en el resto de España: Vegas do Seo, por la subida de Piedrafita, en el camino francés, Las Vegas de Yeres, entre Médulas y Puente de Domingo Flórez y Vegas del Condado, lugar del que, alguna vez, os he hablado en estas mismas páginas.

¿Por qué estos tres pueblos llevan una ‘s’ al final de su nombre? Parece lógico suponer que es porque, en su término, hay más de un río o un canal que los riega. En el caso de Vegas del Condado, que es lo que uno conoce mejor, el ‘otro’ río es el Curueño. Históricamente, cuando aquí mandaban los Guzmanes y toda la retahíla de condes que los siguieron hasta acabar en el de Superunda, estos señores eran dueños de amplias posesiones en las tierras que baña este río hermano, llegando, en algún tiempo, casi hasta La Vecilla. El Curueño…, allí encontrarás la ribera más bonita de la provincia: estrecha, encajonada entre el río y el monte, dando lugar a un paisaje de ensueño, casi salido de la pluma de Tolkien cuando nos cuenta cómo era ‘La Comarca’, el país donde vivían los ‘hobbits’.

Conste que no exagero nada de nada (y eso que uno es bastante dado a exagerar cuando algo le gusta o le entusiasma); y, si no me creéis, es tan sencillo como coger el coche e ir a ver en vivo y en directo, lo que os acabo de describir. Hacerlo, si es posible, en primavera o en el otoño dorado, que es la estación más disfrutona en nuestra tierra. Y, si como estoy seguro, os gustará la ribera que va desde Barrio de Nuestra Señora hasta La Vecilla, animaros y subir a alucinar con su montaña, que nace poco después de pasar La Vecilla y termina en el puerto de Vegarada. Como dice mi nieto, «flipareis en colores». De Valdepiélago hacía arriba, no hay tierra para cultivar, porque sólo enseñorean el paisaje la montaña y el río, que, poco a poco, con paciencia franciscana, horadó la roca centímetro a centímetro para crear uno de los parajes míticos de nuestra provincia: las Hoces de Valdeteja, infinitamente más hermosas que las de Vegacervera, las de Morgovejo o cualquier otra que hallaréis en Burgos, en Palencia o en Cantabria.

Aquí no se trata de hacer proselitismo: se trata de reflejar fielmente la realidad, guste a quien guste o joda a quien joda. Y lo dice uno que es del Porma, que también tiene toneladas de belleza escondida, pero que tiene que reconocer que, en este caso, es como comparar a Dios con un alienígena. La gente de la montaña del Curueño vivía del ganado, porque es imposible hacerlo de la agricultura tradicional, dadas las condiciones del terreno, y lo hacían holgadamente, ya que criaban vacas y ovejas dignas de una exposición universal y que vendían a los de la ribera (mi padre compró muchas, muchísimas por allí), a pelo puta. Ver, al final del camino, Vegarada, te reconciliará con el mundo, con el demonio y con la carne, porque hay pocas visiones más relajantes en este mundo que este puerto, a la atardecida, con sus picos llenos de nieve.

Pensaréis que me he vuelto loco, con lo que a mí me gusta la juerga y el rock and roll, porque no escribo sobre la guerra, sobre el precio de la gasolina, sobre las elecciones del domingo y me enrollo con esta mariconada de artículo. Pues precisamente por eso: porque estoy hasta las narices del guirigay que se monta en todos los medios con estas estupideces y me apetecía hacer lo que mejor, creo, se hacer: describir un paisaje. Con lo que, por supuesto, está todo dicho.

Salud, anarquía y tres o cuatro cada día, que me ha puesto cachondo lo que he escrito.

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