Por si alguien lo dudaba, tienen razón todos. Los Santos y el refranero, siempre tan cómplices como certeros, nunca estuvieron de acuerdo con el almanaque, para poner fecha en la partida de nacimiento del invierno. Unos lo calculan con unidades de medida, hablando de días cortos y noches largas, midiendo a qué altura cuelga el sol sobre el horizonte, hacen recuento de horas de luz y oscuridad, que sumadas, deben dar 24. Después hacen recuento de días y los encajan entre dos equinoccios. Los otros, esos santos que tanto mandan, sentencian a golpe de refranes lo que va a ocurrir en la tierra y lo que van a hacer el viento y la luna. Y la lluvia y la nieve, sin cálculos de ninguna clase. Y saben cuándo madura la uva y ponen las gallinas. Cuándo debe sembrarse y recogerse la siembra. Y para los nacidos tierra adentro, donde el refranero es biblia, si éste dice invierno, invierno es. Y no hay más que hablar. «A partir de San Martino, el invierno de camino. Si le dicen detente, llega por San Clemente y aunque venga retrasado, por San Andrés ya ha llegado».
La semana pasada, obedeciendo a ese refranero que sentencia «Por los Santos, nieve en los altos», en León era octubre y era invierno, con nieve en las cumbres de los Picos de Europa. Y con el pasar de los días, se han ido sumando otros picos de nuestra montaña, poniéndose el abrigo blanco, como si quisieran celebrar el Día Internacional de las Reservas de la Biosfera, vestidos de etiqueta. Motivos hay para que nuestras cumbres se pongan de largo y presuman sin modestia alguna, siendo León, empatada con la hermana Asturias, la que encabeza la lista mundial de Reservas de la Biosfera, con 7 paraísos que los dioses colocaron en nuestra tierra. No habría espacio en una columna para hacer justicia a todo lo que atesoramos entre las lindes que limitan nuestra provincia. No caben tantos robledales, hayedos, valles y castañales. Tropezarían el águila real con el urogallo, el rebeco con el oso pardo y el rebaño de merinas con el lobo. Aquí no hay pendiente para tanta cascada ni quebranto rompiéndose monte abajo, buscando un lecho más ancho donde acostarse. No cabe tanto río nacido allá arriba, en los numerosos puertos que, como atalayas, coronan la provincia. Ríos alimentados por el deshielo y el subsuelo, morada de barbos y truchas. Abrevaderos de oro que, de nombrarlos, se nos enredaría el agua de unos y otros y no sabríamos si bebemos suelo o nieve.
Y, entre todo ello, frío. El refranero mandó una vez más. La nieve vino y el frío se instaló. Las lápidas quedaron limpias y aquellos que alargaron el verano hasta esa fecha, regresaron al asfalto, con la sensación del deber cumplido. Un año más, los paraísos quedan vacíos y nuestros pueblos, haciendo de la necesidad virtud, olvidan al turista de sol y se convierten en anfitriones del pasado, acogiendo a quienes quieran regresar a las tradiciones del frío antiguo. Mariano y Adela ya quedaron solos esta semana. Ahora solo matan media tarde a la puerta de casa, porque la otra media se les hizo de noche de repente. En ese sol tibio que les caldea la sobremesa, miran al frente, a la punta de la cumbre que ya alcanzó la nieve. Ellos no saben que viven en el paraíso, ni saben de Reservas de la Biosfera, ni de los intereses económicos que sobrevuelan junto a las águilas. Solo saben que a eso de la media tarde empieza a hacer frío y Mariano dice, como cada día «vamos pa dentro». Y lo dice yendo en sentido contrario y regresando con un brazado de troncos. Cuando llega a la cocina, Adela ya escarba la ceniza (cernada lo llama ella), haciendo un pequeño hueco en el que anidará el fuego. Hace tiempo que sus tierras duermen en barbecho sin ser invierno, su cuadra solo alberga leña y unos viejos calderos y el pajar ya solo tiene todos los veranos vividos y peligro de derrumbe. Pero no les importa nada de eso. Hace tiempo que aprendieron a vivir adentro, a ser cocina vieja con taburete y escaño, con almanaque antiguo, sagrada familia en la esquina de la trébede y con humo pegado a los recuerdos, a modo de anestésico. Enternece verlos tan conformes con todo. No les falta de nada, pero les sobra soledad mal disimulada. «Estamos acostumbrados. Pasados los Santos, siempre quedamos solos». Y mirando a Adela, repite el mantra «vamos pa dentro», mientras va en dirección contraria a buscar los troncos.
Esta semana, traemos el cansancio y el frío de las vías rotas, el grito continuo y la locura del hombre, fabricando aves de hierro, para morir más rápido. Se necesita aliviar la vista mirando esta tierra que encabeza la lista de paraísos. Porque noviembre es tiempo de entrar, abrir baúles, rescatar la manta de cuadros y la sartén de asar castañas. Tiempo de cocina con escaño y tradiciones invernales, siempre pegadas al fuego, para ser otoño en noviembre, aunque el calendario lo llame invierno.
Hace demasiado frío aquí fuera. «Vamos ‘pa dentro’».
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