Imagen Juan María García Campal

¡Vamos a ello! ¡Construyámosla!

11/01/2023
 Actualizado a 11/01/2023
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Aun cuando hay quien afirma que «hasta san Antón, Pascuas son» sin duda usted, como yo, reciba ya menos deseos –ya no entro en si dichos desde el corazón–, la mejor de las cortesías o la simple costumbre- de «feliz año».

¡Ay ese ‘feliz año’! Me hace recordar esa frecuente frase en las películas norteamericanas en las que nunca falta un personaje consciente –o repugnante– que, antes de seguir cualquier dialogado examen de cualquier concepto o tema, requiere un previo «definamos...», la felicidad en este caso.

Tengo la experiencia o estado de felicidad por puntuales momentos de abstracción en el ámbito íntimo, bien de: tiempo compartido de varia forma con afectos de vario grado, bien de solitaria reflexión, bien de creación, digamos la escritura, o recreación, digamos la lectura; de contemplación de las muchas bellezas que la vida regala, bien de...

Mas, cómo considerarse en permanente estado de felicidad, plenamente feliz, a poca conciencia que del mundo y otras vidas se tenga. Si decía Simone de Beauvoir que «las personas felices no tienen historia», yo añadiría que tampoco conciencia o, al menos, la tienen ausente del mundo y vida en esos puntuales momentos de abstracción que gozamos ‘felices’, dándole razón así a Kierkegaard cuando afirmaba que «la puerta de la felicidad se abre hacia adentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más», pues con Hannah Arendt pienso que «nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político».

De todo ello que, a poco que levante la vista hacia el mundo, que aleje mis cavilaciones de esos puntuales momentos de abstracción en el ámbito íntimo, cual escuché a José Saramago que él se convertía en un comunista hormonal, yo siento renacer en mí a un, quizás romántico, comunista neuronal –hay suficiente para todos si esa suficiencia se reparte– y cordial, pues me obliga a fortalecer mi corazón con lo mejor que puede hacerlo: ejercicios de bondad y justicia.

No parece venir este año mejor que los anteriores. Continúan las guerras cercanas y lejanas, continúan por doquier las calamidades humanas, los asesinatos machistas, las... los... Así que quizás mejor que confiar al azar o a los dioses esa deseada felicidad, esa puntual abstracción, la construimos con nuestros actos, al menos, en nuestra área de influencia. ¡Vamos a ello!

Buena semana hagamos y tengamos. ¡Salud!
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