En la sala de conciertos más famosa del mundo, la llamada Viena Musikverein, también conocida como sala Sala Dorada, se despertaba el nuevo año danzando al compás alegre del vals imperial.
Y al azul del Danubio sereno, le acompañaban también las notas afroamericanas del «Vals Arcoiris», pieza compuesta por Florence Prize, la compositora de piel cobriza nacida en Arkansas, que por miedo al racismo hubo de hacerse pasar por mejicana para justificar unos rasgos que delataban sus orígenes, claramente reafirmados por las notas cadenciosas que la Orquesta Filarmónica de Viena, virtuosamente dirigida por Yannik Nézet-Séguin(YNS) interpretó en un repertorio revolucionario que incluyó dos piezas musicales de manufactura femenina. Solo se han escuchado tres compuestas por mujeres en la historia de este evento. ¿Imaginaríamos a Florence, canela mezclada, allí sentada, entre los próceres de la patria allá por 1939, escuchando su propio vals junto a, Joseph Goebbles, ministro de Propaganda de la Alemania nazi, promotor del primer Concierto de Año Nuevo y defensor de la «raza aria»?
Pero afortunadamente la batuta de los tiempos ha evolucionado, en lo que a musica se refiere, hacia la diversidad enriquecedora que fue encarnada por el joven y dinámico director YNS, que – en palabras de Martin Llade, locutor del acto «derrochaba magia por los cuatro costados»-.
Mirar la expresión de deleite de YNS , era absorber su energía, recrearse en su sonrisa, perderse en la ensoñación vibrante que se emanaba de sus ojos pícaros, aspirar el aroma insinuante de los ritmos que lograron despertar hasta a las cariátides decorativas que seguro soñaban con ser las sirenas de la polka compuesta por Josephine Weinlich, la otra pieza femenina que se escuchó en la sala, para deslizarse insinuantes por entre los ramos de flores que decoraban la sala, o las «Rosas del Sur» de Johan Strauss hijo que danzaban enredadas entre las piernas poesía de los bailarines.
O las «Palmas de la paz». Paz, una de las palabras que pronunció en un francés acariciador YNS, «mi lengua materna», declaraba el montrealés: «La paz en vuestros corazones, la paz con la gente que amáis, y, sobre todo la paz entre todas las naciones del mundo. La paz viene con la bondad. La música puede unirnos a otros». Sencillo modo de envolvernos melódicamente en la lengua del corazón del mismo modo que nos arroparon las sonrisas que irradiaban los asistentes. Disfrute pleno, cordialidad, ante la entrega, pasión y oficio de este encantador canadiense que iluminó nuestra mañana.
Tal vez algún día sea posible dejarse seducir al encanto de una batuta femenina flotando a ritmo vienés.