Ya hay algunas voces que presagian una burbuja. Algunos dicen que se va a repetir la del 2008, esa que hizo estallar el mercado inmobiliario y provocó que muchos sueños y viviendas se derrumbaran bajo los pies de unas hipotecas que no eran más que arenas movedizas, que proyectaban un espejismo en el que el hogar se transformó en casa de los horrores. Se concedían muchos créditos, tantos que había gente que en realidad no podía pagarlos, como sostiene Llucía Ramis en Un metro cuadrado (Libros del Asteroide), y los bancos los concedían dejando al libre albedrío providencial el saldo de esas deudas.
De eclosionar un nuevo estallido capitalista, no será como el anterior. Más que económico, será antropológico con dosis de activismo consumidor. Según los últimos datos, el mercado inmobiliario se está retrayendo, la gente se lo piensa dos veces antes de comprar, ya no estamos dispuestos a pagar verdaderas barbaridades por un zulo. Estoy de veraneo en un pueblo perdido de Castilla y tienen casas en venta por 70.000 euros. Ha llegado un punto en el que los propietarios creen que su bien tiene más valor del real. El caso inmobiliario es un ejemplo paradigmático de lo que está ocurriendo, pero no es el único caso en el que el sujeto especulador cree ser acreedor del tarro de las esencias.
Ir de vinos por León ha pasado a ser un pasatiempo burgués no apto para todos los bolsillos. Los hosteleros apuestan como si tuvieran la última reserva de maná en el cada día más desierto Barrio Húmedo. Antes con diez euros ibas a varias tascas y cenabas, ahora con eso no te da ni para beber el primer sorbo. Ahora la tapa te la sirven con tus propios riñones extirpados in situ y sin anestesia. Te meten un sablazo por una Coca-Cola y una cerveza en un relato en el que te invitan a un pincho, que ahora te lo cobran intrínsecamente en el precio final. Me consta que hay algunos paisanos que se están bajando de la barra ante estos trampantojos culinario-económicos. Al final nos quedaremos todos en casa y nos prepararemos la tapa nosotros mismos, una que seguro que es mejor que las que acostumbran a poner ahora los bares. Perciben a los leoneses como turistas en su propia ciudad.
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