Utópica, natural de Utopía

07/02/2026
 Actualizado a 07/02/2026
Guardar

Fue en Bilbao -cómo no; allí hasta las ideas me parece que van más deprisa– donde me enfrenté por primera vez a un dilema de esos con los que nos definimos a nosotros mismos. Sentados en el suelo, siempre lejos de cualquier comodidad «adulta», diez chavales nos decantábamos por un sí o un no como respuesta al planteamiento de si debíamos separar a la persona del artista. Aquella situación me sonaba entonces a ‘Los siete contra Tebas’ de Gata Cattana, sin intuir que ahora, aderezada por el paso del tiempo, le iba a coger prestada la voz a la nostalgia que encarna Sabina en ‘Con la frente marchita’.

Era entonces el mundo un lugar fascinante, acompañado sempiternamente de la sensación de que en él vas a dejar huella. De que el tiempo yace congelado en una nube redentora que perdona todos tus pecados y ofrece en bandeja el cumplimiento de toda ambición. Éramos jóvenes, en fin, como lo sigo siendo hoy, aunque de forma distinta: ya sólo encuentro sensación parecida a aquella cuando me topo con un fragmento de luz entre las nubes, que ya no son metafóricas y tiñen estos días el azul celeste de un gris oscuro. Cuando el sol, tímido, se asoma desde el cielo y me saluda unos instantes al salir del gimnasio, pues la salud ya ha entrado en esta ecuación de la vida, teniendo por banda sonora ‘El camino de las utopías. 

En eso no he cambiado mucho.Segura de que mi nombre no es vaticinio de la seguridad de mi dirección y sin importar cuál sea el que escoja, todos los caminos me llevan al mismo sitio: la utopía. Esa isla imaginaria que, similar a la de Tomás Moro, en el fondo, me invita a pensar que el mundo puede ser un lugar mejor.

Ahora sé que no: que no se debe separar a la persona del artista porque el arte nace, precisamente, de esa persona. Pero me inquieta que nuestros artistas se hayan acomodado en la polémica, rehuyendo la solemnidad inocente que ha de tener el arte y que ahora acaparan entes que no la merecen. Me molesta que el arte trascienda por sus controversias complementarias y no tanto por la trascendencia de su razón de ser. Me desquicia que el sí o el no ahora lo decida el resto por los artistas a los que sigo; por la música que escucho o los autores que leo. Me entristece que, sentada en la silla, asentada ya en las comodidades adultas y desertando de mi isla imaginaria y preciosa, a veces me parezca que el mundo no puede ser un lugar mejor. Y que, mientras, la banda sonora sea alguna canción de reguetón.

Lo más leído