La cosa es que esta semana, exactamente el próximo viernes, 15, se cumple un año que ando por estas páginas cada miércoles haciéndoles saber de algunas –sólo algunas. Ay de ustedes si se las coloco todas– de mis cavilaciones al respecto de la vida y las cosas que nos han tocado vivir en estos tiempos de incertidumbre y desazón para tantos, en los que uno intenta poner algo de raciocinio y esperanza o, mejor, ganas por seguir viviendo, si acaso, un algo más humanamente, pues, aún a pesar de las injusticias y maldades, como bien dice un hermano y amigo: la vida es una mierda, pero que mierda más rica; con perdón. Y todo en no más de 2.500 caracteres que son, no crean, unas veces, brevedad inusitada y, otras, meta casi horizonte, de inalcanzable que se muestra. Que no está uno todos los días ni en el mismo ánimo ni en la misma pericia. Y, por ejemplo, al siguiente punto seguido estaremos en los mil seiscientos noventa caracteres exactos. ¡Cuente, cuente! Y si he errado, café que le debo. Pero si no, ya puede usted poner cara de paisaje si me cruza por la calle.
Es verdad que, si tenemos en cuenta como escribiera Alfredo Le Pera e inmortalizara Carlos Gardel hasta convertirlo en lugar común que «veinte años no es nada», no sé yo si uno sólo es cosa de celebrar. Mas, ustedes me disculparán, uno ya está en la edad y vivir en que cada amanecer es fenómeno digno de ser celebrado y cada ocaso prodigio de ser agradecido. Nunca se sabe dónde, cuándo, cómo ni porqué la productora puede ponerle fin a la serie y por eso prefiero las celebraciones, las gratitudes, las flores y los te quiero en vida, y porque después seguro me pillan en rictus pelín desagradable. Así que ya lo saben: mi gratitud a ustedes en estos dos mil quinientos caracteres.
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