Se han acabado los cursos de verano en la Universidad Popular del ‘Charco’. Llevan dos años celebrándose y traen a ponentes que saben un huevo y medio de lo que hablan. Sólo les encuentro una pega: los conferenciantes abusan (como muy bien dice mi compañero de lucha, el ‘Papelines’), de las palabras esdrújulas, con lo esto lleva consigo. No penséis, no obstante, que los ‘pico de oro’ se buscan en el extranjero; ¡qué va!: están todos relacionados, por nacer o por pacer, con Vegas, con lo que se demuestra que en este pueblecito hay un montón de listos con cojones.
Este año creo que fui a todas las charlas, menos a que dio Ana, la hija de Femi (porque no me enteré), y que resultó ser de las más interesantes, ya que, por lo oído, fue un filandón como los de antaño sólo que a las siete de la tarde. No hay nada como escuchar la voz de las personas anónimas, esas que ves todos los días, y que, por la experiencia que dan los años, te enseñan más que un curso en Yale, pongo por caso.
Uno de los que se lucieron exponiendo su saber fue Rubio, alias David, director del periódico que tiene la santa paciencia de dar soporte a mis pajas mentales todos los jueves. Su charla estuvo muy bien, y, sobre todo, fue de las más cortas, con lo que se le agradece doblemente. Y dijo cosas que me hicieron pensar y de las que me di cuenta aquella tarde. La Nueva Crónica es el periódico provincial, de la comunidad y, seguramente, uno de los pocos de España que dedica seis o siete páginas al día a una sección tan denostada y echada a perder como la Cultura... Además, es (y seguimos aplicando el mismo ranking), el diario menos cainita, porque en él escribimos gente de lo más diversa en cuanto a sus ideas e ideales políticos o sociales...; tengo ganas de conocer al cura de Fuentesnuevas... En fin, que es, La Nueva Crónica, un oasis en un mundo, el periodístico, en el que las tendencias van descritas a fuego desde la cabecera y dónde se defienden las del editor aún a costa de falsificar la verdad, sea cual sea esta.
Uno, que ya es un proyecto de viejo en movimiento, tiene por sagradas las lecturas de alguno de los colaboradores por día de la semana. El lunes es esencial leer a Brugos y a Llamas; el martes, a Mar Iglesias; el miércoles a Eduardo; el viernes, a Marta del Riego; el sábado a Pedro Lechuga y el domingo a los hijos de las maestras. Como observaréis, no tengo tiempo, casi, ni para hacer el crucigrama de la competencia, que es, incomprensiblemente, el que se recibe en el bar de mi pueblo (que, por cierto, es facilísimo, una tontería al alcance de cualquiera, no como en de La Nueva Crónica que se las trae). El primer deber de un periódico es dar caña al gobierno (en el caso de España, a los gobiernos), que es el detenta el poder de hacer el bien o el mal según las circunstancias. Quién no se meta con quién manda en la Diputación, en la autonomía o en el Estado, es que confunde el culo con las témporas y así nos va. El diario que diga amén, sin ningún sentido crítico, a lo que pasa en su localidad, en su provincia o en el país, que se dedique a otra cosa, porque se convierte, talmente, en la hoja parroquial de su iglesia. Y, todos lo sabemos (menos los que deberían saberlo), las iglesias han hecho mucho daño al común de los mortales, incluso aquellas que reniegan de Dios pero que acogen toda su liturgia: estoy hablando de las dos que moldearon el siglo XX y cuya influencia llegan al siglo XXI: el capitalismo y el comunismo. El caso es que todos parecemos estómagos agradecidos (unos más que otros, ¡vas a parar!), y no queremos darnos cuenta de que, como dijo el otro, «más vale honra sin barcos que barcos sin honra».
El caso es que, al tío Ful, la Diputación le ha concedido el premio ‘Concejo, a la cultura leonesa’. Nunca, cree uno, un galardón ha sido más justo. El tío Ful es un crac, lo mires como lo mires, y se merece todo el respeto de todos los leoneses. Nadie, en los últimos años, ha trabajado tanto para que las cosas que nos representan, las que llevamos impresas a fuego en nuestro ADN, no caigan en el olvido, para que las nuevas generaciones se den cuenta que lo que hacían y decían nuestros antepasados y se les marque a ellos en la piel, como si fueran un tatuaje, de esos que cuesta un Potosí quitarse. Sé que no soy imparcial en este asunto, pero me importa tres cojones: ¡viva Fulgencio! Salud, anarquía, una jala por su sitio (como la de la ‘machorra de Cármenes’ del finde pasado) y tres cada día.