Además de lo que supone la incoherencia de algunos líderes que no predican con el ejemplo con un nivel de vida sensiblemente superior al del proletariado, nos encontramos con su afán obsesivo de meterse con la religión. Los creyentes, concretamente los católicos, tenemos que ser buenos, pero no tontos, tirando piedras contra nuestro propio tejado. No tiene sentido votar a quienes se erigen en enemigos tuyos. Por éstas y por otras razones se entiende también que no veamos con buenos ojos un gobierno en el que los del partido morado estén presentes.
Hasta el presente el que algunos ahora consideran como el aliado más natural de la formación de Pablo Iglesias, es decir, el Partido Socialista, con sus virtudes y defectos, era realmente incompatible con populistas e independentistas. Lo que ocurre es que las cosas evolucionan de tal manera que tanto los partidos políticos como los electores de hoy poco o casi nada tienen que ver con los de hace algunos años. Y por eso todo es posible. Y, si quieren triunfar, una de las claves para asegurar el éxito es la división de los adversarios.
En el caso de las llamadas «tres derechas», si quieren gobernar, tendrían que robar el título a la formación morada y obrar en consecuencia: «Unidos podemos». Es cuestión de solucionar un problema de familia. El padre es el Partido Popular. Como consecuencia de una cierta infidelidad a la esposa, esto es al electorado, por eso de la corrupción, surgieron dos amantes, uno llamado Ciudadanos y otro VOX. Ambos pretenden decirle a la esposa, o sea a los electores, que ellos son los mejores. Tienen le ventaja de que hasta ahora apenas han tenido tiempo de serle infieles. Entre tanto el marido parece mostrar signos de verdadera conversión.
Y dado que, desunidas, las «tres derechas» nunca podrán ganar, nos preguntamos: ¿quién tendrá que unirse? ¿El marido y los amantes, o la esposa, es decir, los electores?
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