Ya metidos en varas episcopales, echo un cuarto a espadas en el asunto del recién elegido arzobispo de Tarragona. Lo hago porque me duele percibir el manejo de las picas que muchos comunicadores están poniendo sobre las viejas espaldas del papa Francisco. Y no por las picas en sí, que buenas son si son merecidas (es el evangélico recurso de la corrección, ojalá, fraterna), sino porque se termina escribiendo y hablando por boca de ganso, o sea, repitiendo lo que otro ha dicho antes. Yo prefiero ir a las fuentes y recoger lo que el mismo monseñor Planellas (Gerona, 1955) ha declarado en una revista seria cuando se le ha planteado el alboroto del matrimonio Caminal-Boadella, del campanario de Jafre y de la estelada ‘al vent’: «La gente que me conoce sabe que siempre he trabajado por curar heridas y calmar los corazones exaltados por las dos partes». Oiga, perdone. A mí como que me basta, hoy por hoy, esta alegación de buena voluntad. Más habrá que esperar y exigir. Todo a su tiempo.
Terminemos con aplausos. En Astorga sonaron el pasado día 10, cuando aún no había hecho acto de presencia la que no tiene nombre, en honor de Gaspar Vega, palotino, con cincuenta años de ministerio sacerdotal, y de Carlos Fernández, José Ignacio Franco y Juan Antonio Testón, con veinticinco. En León sonarán mañana: Fabio J. Mª. Calvo, Segismundo Fernández, Manuel J. Fresno, Ángel G. Macías, Gregorio González, Celestino González, Marcelo Merino, Ismael Urdiales y Luis Carlos Aparicio, padre marista, todos ellos en su quincuagésimo aniversario de ordenación, y Juan José Andrés, en el vigésimo quinto. Perseverar en tiempos líquidos es de agradecer. Que conste.
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