Tampoco tenemos por costumbre porfiar en el reproche que se debiera a los representantes políticos que, una y otra vez, poco importa el color ideológico, someten sus cargos a autoridad y liturgias de una de tantas religiones no oficiales, haciendo caso omiso a su obligatoria abstención de tales gestos, que deben reducirse al terreno de lo particular. Por supuesto, no somos tampoco gente que crea en las coartadas que nos muestran para justificar el atropello: ni consideramos que la tradición sea una razón suficiente, pues las tradiciones están para cambiarlas y la mayoría de hecho debería hacerlo o se han convertido en hueca cáscara del folclore para turistas, ni creemos que el beneficio económico (¿de quién?) compense molestias e inconvenientes o sea la única alternativa. Pero, insisto, somos gente que no protesta, ni entorpece, ni clama a otro cielo exigiendo la mesura de una avalancha de desfiles que, cuando éramos chiquillos, explicaban con cierta mesura biográfica una historia en la que Cristo no moría ya el primer día.
Dicho esto y sin embargo, si esa ocupación del espacio público deja de ser temporal y se convierte en permanente, si se transforma en pétreo mamotreto de un gusto nefando, si se coloca como la enésima pieza urbana de un pedestre rompecabezas compuesto de las efemérides más carpetovetónicas de la supuesta cultura local, entonces sí, entonces algunos protestamos. No erijan esa horrible escultura dedicada a la Semana Santa. Llévenla al museo del tema o a cualquier interior, pero no la planten en la calle a la vista de todos para los restos. Un poco de consideración. También para la propia Semana Santa.
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