Pocas imágenes han pesado tanto en la tradición artística —especialmente a partir del Romanticismo decimonónico— como la del poeta atormentado que extrae de su dolor amoroso o existencial el elixir de su creación. Baudelaire, el poeta maldito por excelencia, llamó ‘spleen’ a ese hastío moderno, nacido entre la absenta y la melancolía, del que paradójicamente brotaba la mejor poesía, como si el sufrimiento abriera la puerta a una forma superior de sensibilidad. Al dolor y a la tristeza, asociados históricamente a una mayor profundidad psicológica, se les ha concedido siempre una seriedad artística que se ha negado a la alegría, la ligereza o la sencillez del buen vivir, tantas veces consideradas superficiales, edulcoradas o incluso naífs. No es casual que el drama haya gozado —y siga gozando hoy en día— de mayor prestigio que la comedia. La vida es dolor, parecen decirnos siglos de arte y literatura, y estos solo alcanzan verdadera hondura cuando se atreven a descender a él.
El protagonista de la película ‘Un poeta’ —ese artículo indefinido ya sitúa desde el inicio al espectador no ante un autor consagrado, sino ante uno cualquiera, un hombre común, un mediocre, uno más entre tantos— participa plenamente de esa visión trágica del artista, de la que se siente heredero y que convierte en una coraza frente a las burlas ajenas y frente a su propia conciencia de fracaso. No tiene trabajo ni dinero, vive prematuramente envejecido junto a una madre moribunda, su hija se avergüenza de él, ahoga sus penas en alcohol todas las noches, y está resentido con un mundo que no se parece en nada al que había soñado en su juventud. Todo cambia de repente cuando aparece en su vida Yurlady, una alumna de quince años, sensible y callada, que vive hacinada con su familia en una casa donde apenas hay comida para todos. Y este hombre de noble corazón y buenas intenciones, que no tiene quien lea sus poemas tristes, cree descubrir en ella un talento poético excepcional, en las antípodas del suyo. Un don para la palabra que podría sacarla de la pobreza a través del arte, el ascensor social en el que él, ingenuamente, todavía cree.
El director Simón Mesa Soto cuestiona, sin embargo, esta concepción sacralizada y elitista de la poesía, entendida como una fuerza situada por encima de las desigualdades materiales y de las estructuras socioeconómicas que dividen a la sociedad —en este caso, la colombiana— en mundos totalmente incomunicados. Los intelectuales que rodean a Yurlady, convencidos de la capacidad redentora del arte, terminan convirtiendo la pobreza de la adolescente en materia estética desde un paternalismo apenas disimulado: quieren que escriba sobre su condición de joven negra y pobre —en una crítica evidente a cierta instrumentalización progresista del sufrimiento ajeno como capital simbólico— cuando ella solo quiere escribir sobre la mancha de humedad de su habitación porque, sencillamente, se reconoce en ella. ¿No reside ahí la verdadera poesía? La película sugiere —y así parece entenderlo finalmente el protagonista— que el poeta atormentado no es necesariamente un genio sublime, sino, muchas veces, un hombre perdido e inmaduro que no sabe cantar a la belleza que reside en las pequeñas cosas de la vida.