Jorge Valle

‘Un alter home’

04/10/2026
 Actualizado a 04/10/2026
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La vida, o la vida adulta, más bien, está conformada por infinitas dudas sobre casi todo, malestares que no sabemos ni nombrar, y expectativas —las propias y las que nos impone la sociedad— abocadas con frecuencia al fracaso. También por sorpresas e instantes de lúcida alegría por los que, muchas veces de manera incomprensible, nos cuesta sentirnos agradecidos. Todo ello alimenta una insatisfacción imposible de esquivar, esa sensación persistente de que siempre falta algo, de que siempre hay otro lugar al que llegar, otra cosa que conseguir, otro deseo que satisfacer. Si a eso se le suman las afecciones contemporáneas, como la precariedad económica y la incertidumbre laboral, la cancelación del futuro como horizonte deseable, o el convencimiento de que se ha trabajado mucho y se ha hecho todo lo que se pedía, pero se sigue dedicando más de la mitad del salario a pagar el alquiler de un piso en el que la cisterna del váter se rompe cada dos días, no resulta difícil comprender el desasosiego de quien empieza a preguntarse si la vida que tiene es realmente la que quería.

Sobre esa cotidianeidad de luces y sombras, de muchos matices de gris, en la que poco a poco se va tejiendo la malla de lo que somos, el director catalán David Moragas construye en ‘Un alter home’ una película luminosa e intimista que se ve como un soplo de aire fresco. Su protagonista es Marc, un treintañero apático y soso —sobre todo en comparación con la gracia y el desparpajo de su novio—, al que parece no faltarle de nada pero que permanece siempre a cierta distancia de aquello que tiene, como si estuviera en constante búsqueda de algo que ni siquiera él es capaz de nombrar. Porque Marc es un hombre que ni sabe qué hacer cuando ve llorar a su hermana ni sabe identificar lo que le pasa, mucho menos expresarlo ante los demás: tampoco los hombres gays escapan a las cárceles de la masculinidad. Y ese otro al que alude el título, un vecino recién mudado al piso de enfrente, guapo a rabiar, que empieza a llamar su atención mientras su novio insiste en que deberían follar más, termina encarnando todo aquello que Marc desea y no tiene, ese ansia de libertad e independencia, de ser otra cosa de lo que es, de escapar de su vida aunque sea únicamente a través de la fantasía.

La segunda película de Moragas, que profundiza y amplía muchos de los aspectos estéticos y temáticos que ya había desarrollado en ‘A Stormy Night’ (2020), adopta la forma de una comedia romántica, ligera y sencilla en apariencia pero cargada de sentido sobre muchas cosas. En ella se entrecruzan multitud de temas —la crisis de la vivienda en Barcelona, el heteropesimismo de las mujeres, las diferencias entre clases sociales que se identifican con distintos barrios de la ciudad, o la libertad sexual de los hombres gays, no siempre vivida de manera sana— que van apareciendo de manera natural a través de las imágenes, de los diálogos y de las experiencias de sus personajes, sin que ninguno llegue a imponerse sobre los demás ni reclame para sí toda la atención del relato. Lo cual no es una crítica, sino un acierto. Moragas sabe de qué quiere hablar y, sobre todo, cómo lo quiere contar: observar la vida sin imponerle nada, dejar, simplemente, que ocurra ante nuestros ojos.

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