El llamado Barrio Húmedo –nomenclatura popular de la plaza de San Martín, en el corazón del barrio del mismo nombre– es uno de los enclaves más conocidos de la capital leonesa y al mismo nivel (o casi) que la catedral de Santa María de Regla. Ahora bien, desde hace algunos años compite con el bautizado por la jet (?) y otras gentes afines –aunque sin pedigrí en la solapa–, como Romántico, en la barriada de Santa Marina. El Húmedo, con todo, invariablemente será referencia fija en las guías turísticas de la ciudad y su intrahistoria centenaria. No se negocia.
Y un año más, llegada la Semana Santa, el Húmedo ha vuelto a ser noticia. Pero para mal por culpa de los bárbaros y los borrachos brabucones. El Húmedo y sus calles aledañas hasta alcanzar las del barrio del Mercado, con un único objetivo escénico: la mugre. Las defecaciones y los orines. Las vomitonas. Y hasta los preservativos (usados). El Húmedo, de nuevo, ha supuesto el descontrol bastardo elevado a la enésima potencia, aunque, eso sí, el Lunes de Pascua el entorno había resucitado como si nada hubiera ocurrido. Y a esperar una nueva primavera de cristos y vírgenes para volver a las andadas. Así debe estar escrito en algún libro apócrifo, del que nadie se atreve a arrancar la maldita página de una puñetera vez.
A pesar de los pesares, todavía queda un Húmedo amable y cercano, que, a duras penas, se va sosteniendo durante los días no feriados del año. Por mejor entenderlo, entresemana. Ahí, en fechas de labor, se conjuga el verdadero espíritu del alterne sereno y acaso familiar que siempre caracterizó a la zona, aun cuando la afluencia de parroquianos se vea al momento muy reducida si se compara con décadas pasadas. La liturgia de tomar ‘el blanco’ a mediodía, se oficiaba por naturaleza y costumbre en el Húmedo. Era el templo sagrado.
Hoy, a la hora del vermú, se pueden ver haciendo las ‘visitas’ (la frase más castiza se resume en «vamos a otra ‘iglesia’, que aquí van a barrer») a quienes se podría etiquetar como los últimos mohicanos de la plaza mojada, que dice algún que otro turista. Los parroquianos, fieles y leales, que cada mañana se acercan hasta el Húmedo para socializar. Y cada cual tiene su ruta. Son los últimos románticos que jamás fallan a la cita, haga frío o calor. Llueva o truene. Cual si tuvieran que pasar lista. Presente.
Por otra parte, también debe resaltarse que es una delicia la relación entre conocidos –tampoco se carece de amigos durante las ‘batidas’– para charlar de mil y una cosas, en conversaciones alejadas de polémicas baratas o engendros políticos. Allí, al Húmedo, se va a echar el rato con las mínimas prisas, sin que el palique, breve, –también con el dueño o los empleados del bar– se quede en asignatura pendiente. Siempre se supera. El suma y sigue es permanente. Por ello, los feligreses ‘de toda la vida’ son el fundamento y la esperanza de un Húmedo adorable por naturaleza, que no debe perder sus raíces bajo ningún concepto. Y los últimos románticos, pocos, representan su sostén diario.