No hay quien pille al reloj en esta carrera finita en la que todo muta, hasta nosotros. Y lo vemos pasar, a veces con menos pasividad que otras, porque hubo un tiempo en el que importaba el ahora tanto que los mineros llegaban a cambiar la luz por los sótanos de los pozos solo para defender ser lo que eran: los que arañaban el carbón de las minas bercianas.
Vuelve el eco de aquellas movilizaciones tras apagarse la última mecha minera en Torre. Y lo hace desde Asturias. En Tormaleo, cinco mineros recuerdan aquellos encierros de nuevo. Ahora no pelean por mantener viva la empresa. Lo hacen porque se les adeudan 12 nóminas. Y se ahogan, dentro o fuera del pozo. No soportan más la presión de trabajar sin cobrar, algo a lo que debería ponerse coto sin que fueran ellos los que se jugaran el tipo restándose el sol.
Pero han pasado tres décadas y todo muta, hasta nosotros, menos lo inconcebible. Cambian las consignas, los nombres de las minas, pero los encierros mineros vuelven a recordarnos que hay luchas que nunca terminan.
En su infinito, la intrahistoria de Santa Marina de Torre o Tremor de Arriba, donde, en los años 90, con la decisión de una identidad y en la pelea por un futuro que se coartaría más tarde, se encerraban los mineros. Era el último aliento que conseguían darle a los pozos ocho trabajadores que, durante 29 días, vivieron de noche. Defendían más de 150 puestos de trabajo en el pozo Mariángela. Siempre con ese guiño femenino de las explotaciones, volvían a dejar claro que allí estaban, defendiendo la supervivencia digna de una comarca que se colaba por un sumidero. Bajo tierra estábamos todos, sintiendo la misma pelea desde la nada, desde la última trinchera. Hoy, treinta años después, la escena se repite en la mina Miura. Cinco mineros echan la llave al pozo desde el sótano. No saldrán hasta cobrar lo trabajado. La minería sigue en pie y su ímpetu de pelea continúa, más allá de la vida de los pozos. Y lo hacen desde una memoria colectiva que tiene sentido.
Son la última herramienta de quienes sienten que ya no tienen voz fuera. Los únicos que se hacen visibles cuando miras hacia abajo. Desde ese subsuelo que nunca lidera titulares si no tiene ocupantes. Vuelve la partida bajo tierra, la pelea en un mundo que ha dejado de lado el carbón… aunque se queda en las fotografías en blanco y negro y en el recuerdo estratégico cuando se abren heridas bélicas en las que siempre funciona como arma el acceso a la energía.
Y mientras, los mineros, los de carne y hueso, los que bajan al tajo cada día, siguen en el mismo lugar: en los márgenes.
Quizá lo más inquietante no es que los mineros sigan encerrándose. Es que, treinta años después, sigan teniendo que hacerlo por motivos que hablan de lo mismo: dignidad, trabajo y futuro. Y eso dice más de nosotros que de ellos.