Cuando abres la puerta del cementerio de mi pueblo, sus goznes chirrían como la boca de una loca desdentada. Pero brevemente, porque aunque sus muros centenarios no son demasiado altos y afuera el bosque bulle en innumerables sinfonías, dentro el silencio es contundente, definitivo y al mismo tiempo ligero como el aliento de una mariposa.
La paz sea contigo. Lo voy repitiendo como un mantra a diestro y siniestro, lo lanzo contra los muros, los desparramo por encima de las lápidas y envuelvo a cruces y vírgenes en este siseo, con una insistencia tenaz, casi necia. Es la única oración que sé rezar con entrega, sinceramente. Hasta que llego a la tumba de los míos, tan quietos allí, tan muertos, tan ausentes.
Qué menos que desearles la paz, qué menos.
Y luego están las flores. Como si una rosa blanca, sobre un nombre grabado en la piedra, no fuera capaz de decirlo todo. Una ofrenda sin parangón. Pero se elevan, acinadas, en formas escultóricas a lo Karl Lagerfeld de rímel corrido y manchas de sudor en las axilas de sus pétalos. Insufrible espectáculo el de las flores. Menos mal que afuera, la naturalidad nos asiste entre robles y encinas y brezo y musgo y líquenes y dulces escaramujos sujetando la última gota de lluvia que no se decide a lanzarse contra el suelo.
A veces pienso que ellos, los que ya no están, desde algún lugar ignoto, si quieren, nos pueden observar. Pero yo preferiría que no me observaran. Se piensan tantas cosas locas sobre la muerte, cómo descubrir el lugar en donde se optimiza toda esa energía que un día fue carne. Cómo formular el presentimiento de lo que mi corazón sabe, pero mi cabeza no comprende.
«Hola, papá, espero que te vaya bien allá donde estés. Por aquí todo va según lo previsto; en eso tenemos mucha suerte. Te seguimos echando de menos».
No sé por qué, cuando pienso en esto, en vez de mirar a la lápida, echo la vista arriba, por encima del muro. El cielo está cubierto y ha empezado a llover otra vez. Recuerdo que alguien me dijo que sobre las tejas del muro, por la noche, andaba alborotando una familia de mochuelos.
«Seguro que tú los ves, ¿eh, papá? Qué suerte. Hazme una señal para saber por dónde se mueven y venir a tiro fijo con la cámara fotográfica».
Menos mal que no me contesta.
Menos mal que no me faltan los motivos para sonreír.
Al salir y tras cerrar la puerta, echo el candado. Aquí todas tenemos una llave del cementerio. El camino arranca justo desde aquí, o aquí finaliza, como prefieran verlo. Unos cuantos metros en línea recta y luego una curva pronunciada a la derecha, que en cuesta abajo te conduce hasta el pueblo. Es un paseo agradable y una metáfora casi perfecta: solo una dirección y un doble sentido, en uno de los cuales se encuentra la última parada del peregrino.