01/03/2026
 Actualizado a 01/03/2026
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Escribo en la última mañana de febrero, mientras los medios hablan de que Israel y EE UU están atacando a Irán. Los vídeos muestran nubes de humo elevándose desde una base estadounidense en Bahréin, como una fumata negra anunciando el despertar de otra posible guerra, de esas que están eternamente larvadas. Parece el mismo humo, la misma refriega y los mismos señoros de siempre, atacando la salud mental del mundo, que hoy tendrán estas palabras y el olvido.

El viernes descubrí en la Cadena Ser ‘podcast’ ‘No sé cómo era antes’, donde las mujeres dejan testimonios, historias repetidas de relaciones tóxicas y peligrosas. Repitiendo todas el mismo mantra: que el sistema no escucha, no les toma en serio y no las protege. Trasteando y buscando datos sobre el tema, lo primero que aparece son las trece borrascas de gran impacto de estos dos meses, como principal noticia del comienzo de año. Tormentas con nombre propio, repetido en todos los telediarios de todas las cadenas. Supimos cómo se llamaba cada lluvia y cada viento de cada día, en cada zona. Incluso en mi búsqueda de datos, se adelantaron las danas a los 10 asesinatos de mujeres anunciados por la Delegación del Gobierno. Pero trasteando un poco más, en ‘Feminicidio.net’ las cifras del horror crecen hasta resultar insoportables. Lo llamen como lo llamen, son 16 asesinatos en estos dos meses, clasificados según su tipología. Aunque resulte pesado, quiero citar los 10 ‘feminicidios íntimos’ oficiales, los 3 ‘feminicidios familiares’ y los 3 niños víctimas de la violencia vicaria. Prometo haber leído el nombre y apellidos de cada uno de ellos, para que no sean menos que una borrasca. Y mejor no hablar de la estela de niños y adolescentes que han estrenado la orfandad de la peor manera posible. Diez huérfanos con un trauma irreparable, tan faltos de madre como el pequeño koala del zoo japonés que buscó amparo en un peluche, tras el abandono de su madre. Huérfanos tan adorables como Punch, pero sin nombre y sin aparecer en los medios ni ser virales durante una semana. Niños con el espanto dentro para siempre y en muchos casos, siendo testigos de los hechos, mientras nosotros mandábamos cariñitos y corazones a un mono que ha invadido las redes y los telediarios. En qué momento nos convertimos en tan peleles que nos entretienen de esta forma, mientras otra guerra fermentaba en el horno, las antiguas quedaron amordazadas desde el día que nos quejamos y las 12 horas de jornada laboral en Argentina se camuflan con un presunto romance real, que nos roza por parte de padre. 

Trece borrascas cuyo nombre casi seríamos capaces de recitar, en el mismo intervalo de tiempo en que a trece mujeres y tres niños les nacía una muerte entre las manos, siendo anónimos en la noticia, pero con nombre específico para cada tipo de violencia, según quién te mate y dónde, como si fueran muertes diferentes. 

Quizá me equivoqué. Estas refriegas que se libran en la soledad de las cocinas, en bata y zapatillas y sin coraza, hieren mucho más que la guerra desdeñada al comienzo de la columna, alegando salud mental. Son más dolorosas por cercanas, por tan nuestras, por absurdas, por sin causa. Nunca se sabe dónde puede aparecer una fumata negra, en qué calle, en qué plaza, en qué ventana se llorará una batalla librada desde hace tiempo entre los tabiques de cualquier casa, con una denuncia cogiendo polvo en alguna oficina de esas en las que se gestionan cosas sin prisas, que las prisas no son buenas para nada. Y si no hay tiempo de hacer recuento de víctimas para custodiarlas, pues ya se hará otro recuento, que solo es cuestión de cambiar de lista y alargar la de víctimas mortales. 

Entonces sí. Por fin, están localizadas todas. Y como las borrascas, todas tienen nombre, apellidos, edad, dirección completa y son mencionadas en los telediarios. Ya sabemos todos dónde estaban cuando estaban vivas, aunque en el 60 % de estos casos había una denuncia puesta. Alguien ya tenía sus datos. Los dieron para pedir auxilio, para decir en clave dónde vivía el pánico, pero nadie supo leer el lenguaje de sus ojos enrojecidos e hinchados. Nombres y apellidos suplicando ayuda que acaban siendo usados para dar sentido a la existencia de estadísticas. Por lo visto no eran suficientes datos para haberlas protegido mejor de lo que se ha hecho. Quizá faltó poner el código postal o el grado de pánico que escondían. Quizá debieron poner que dormían con un ojo abierto, cuando aún estaban casi vivas, aunque no sirvió de nada porque las mataron de día. 

Son las 15:30 horas del sábado. A punto de enviar la columna, tengo que añadir otra víctima a la maldita lista. Solo queda, en nombre propio o en el de todos, pedir perdón a cada una de ellas, por haberlas dejado morir solas. Perdonad amigas, por preocuparnos más las tormentas del cielo que las vuestras. Aunque suene a disculpa, ellas eran anunciadas antes de que llegasen. De vosotras supimos cuando ya os habíais ido. Ahora, al menos, ya hemos puesto nombre a vuestros vacíos.

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