22/02/2026
 Actualizado a 22/02/2026
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Dentro de cinco meses llegaremos a los noventa julios del comienzo de la llamada Guerra Civil, un drama fratricida que comenzó en 1936, cuyas huellas están aún vigentes. Lo de «civil» resulta un tanto contradictorio si lo unimos a «guerra», pues hablar de «guerra» es, más bien, hablar de algo «incívico».

Como ha escrito recientemente Fernando Calvo G. Regueral («Contar, nombrar, recordar», La Aventura de la Historia, nº 328) «Las huellas del conflicto están en nuestras calles y en nuestro paisaje rural; están en fosas, cunetas y cementerios; están en los monumentos que vemos y en los que ya no vemos (…) Las huellas (físicas, intangibles, librescas, verbales o de cualquier otro tipo) nos apelan». En su artículo alude el mencionado autor a las palabras sobre la Guerra Civil que nos legó en su testamento literario Claudio Sánchez Albornoz y que suscribo: «La guerra civil ha destrozado mi vida: los rojos me mataron a familiares más íntimos y los blancos a muy queridos amigos. Muchas gentes más o menos jóvenes que viven en nuestra patria desconocen los horrores de la contienda. Lejos de recomendar su olvido, yo les recordaría sus monstruosidades para que no sientan jamás la tentación de reincidir en ella. La Guerra Civil ha sido la mayor locura que los españoles hemos cometido en nuestra historia».

¿Volveremos a las andadas?, uno se pregunta. Tal como está actualmente el panorama político español, lo que estamos viviendo no pasa de ser una cotidiana y repelente contienda política que no trasciende, de momento, lo puramente civil. Si bien, aunque de momento vivimos y sufrimos una monserga diaria de insultos, acusaciones e improperios entre PP y PSOE (donde llamar hoy «hijo de puta» al presidente del Gobierno no tiene consecuencia judicial), y con la ultraderecha de VOX contemplativa y feliz duplicando sus votos, pienso que se anda todavía lejos de engarzarse en una lucha armada fratricida como comenzó en 1936. Pero, no nos engañemos, hoy en día las cosas cambian de la noche a la mañana, que todo puede suceder.

En el actual ambiente político español, lejos de proponer soluciones —por ejemplo, a dos muy graves problemas actuales y urgentes de arreglo, como son la vivienda y la sanidad—, sin embargo, la clase política, en cada una de sus siglas de mayor alcance electoral, nos abruma todos los días a vueltas con «y tú más», locución defensiva consistente en acusar al contrario de algo peor. 

Se trata de que unos y otros, más que llegar a acuerdos, saquen a relucir culpas y delitos. Y es que, por lo general, en el mundillo político no sacar provecho propio de los pecados del oponente, más que sacar virtudes propias es ser un idiota por «desaprovechao». Vótase tanto más por castigo que por convicción.

Uno espera —tal vez ingenuamente— que la discrepancia de unos y otros no se dramatice en tragedia, llegando a un odio encarnizado «inter partes», como ocurrió en la España de hace noventa años. Un odio tan pertinaz que no admitía otra convicción sino aquella por la cual, de no exterminar al enemigo, éste terminaría aniquilándote. No lleguemos, pues, como sucedió antaño, a un enfrentamiento fratricida, porque en la coyuntura crucial española del momento, si no hay entendimiento entre las partes, sea posible, al menos, una coexistencia pacífica. De si no estás conmigo y sigas pertinaz en la descalificación e insulto, al menos no sea ello antesala de algo mucho más feroz por sanguinario.
 

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