¡Tú, hija, date a valer!… que si no luego te haces muy vista… Tal era el consejo que me daba mi madre aquellos sábados por la noche antes de ir al Bianco de “discotequeo”.
Nunca supe del todo si la advertencia pretendía disuadirme de salir, insistir para que regresara antes de la hora acostumbrada o que tuviera un comportamiento del que luego no nos tuviéramos que arrepentir.
Pero hoy lo de evitar “hacerte muy vista” es como ir a contrapelo. Hay un anhelo social de aparecer en todos los tomavistas para ser la salsa de todos los guisos, figurar por doquier en la mayoría de fotos posibles que muestren que nos suceden cosas , que escribimos libros, acumulamos aplausos o que disfrutamos de parajes idílicos donde siempre luce un sol de revista, y además participamos en todos los saraos que por doquier se organizan. Y es que es un sin vivir asomarse a cualquiera de las redes sociales en las que caemos de vez en cuando y observar la vorágine de acontecimientos en los que a veces la misma persona se ve envuelta en un mismo día.
Y una se acuesta con la sensación de vivir en una cueva o acaso aburrida o a lo mejor con cierta desazón al verse embargada por el desasosiego y la ansiedad de haberse perdido la mitad de la vida y no seguir ese trepidante discurrir que nos pinta el resto de esa humanidad disfrutona.
Los psicólogos ya hablan del FOMO (Fear of Missing Out) o miedo a quedarse fuera, y lo definen como una especie de ansiedad social por sentirse excluido por no ser popular.
Pero, desde otro punto de vista, es propio del ser humano comunicarse por cualquier medio que le sea cercano o propicio. Y en esta era digital en que se multiplican los emisores por el acceso a la información es lógico que también lo hagan exponencialmente los receptores.
¿Qué sería de los escritores si no estuvieras ahí tú? Palabras al viento que nadie recibiría.
Recientemente el escritor Manuel Vilas presentaba en la Semana Negra de Gijón su último libro y confesaba que cada vez que salía publicada una nueva obra acudía presto a cualquier librería para comprobar que allí se encontrara su criatura literaria. Era garantía de que tarde o temprano algunos ojos se situarían al otro lado de sus páginas esperando ver satisfecho su horizonte de expectativas. Y no vamos a hablar de vanidad por ese detalle, porque eso sí que estaría muy visto, ya que es algo consustancial al ser humano.
¡Hija mía, date a valer!
Pero lo que vale más es una caricia, un beso, un encuentro. Más que cualquier elogio en la distancia.
Así que cuando asalta la tentación de asomarme a vidas ajenas lo que se me ocurre es acercarme a mi madre, abrazarla, darle un beso, y decirle. ¡Tú sí que vales!