Bueno, han pasado tan sólo unos días y el mundo ya está sumido en el caos. Cada vez se parece más a las imágenes distópicas de un apocalipsis, con las que, reconozcámoslo, hemos fabulado más de una vez. Los informativos son un sinvivir. Los corresponsables aparecen a menudo con un fondo de humaredas y cascotes, como ya pasaba en Gaza, y, desde luego, en Ucrania. Creo detectar que estos periodistas alejados, en lugares calientes, están decepcionados con la especie humana: no diré que asustados con las bombas que estallan en la noche (y en el día), aunque tal vez también. Es lícito estar asustado ante la barbarie, por mucho que ahora se lleve el prototipo del individuo que resiste impávido el horror, sin verter una sola lágrima. La empatía con nuestros semejantes está mal vista por algunos.
Sí, ya tenemos otra vez aquí el mundo salvaje. Desatado unilateralmente, sin preguntar a nadie (aunque Israel y Estados Unidos lo habrán acordado entre ellos, claro está, como promotores de esta guerra), sin respeto a los acuerdos internacionales que, a Trump, como es bien sabido, se le dan una higa. La ley de la selva, en efecto. Y de nada sirve insistir en que el mundo de la teocracia iraní no era precisamente un paraíso: conviene decirlo, además, un día después del Día de la Mujer. Claro que no era un paraíso, evidentemente. Pero no por eso se justifica este despliegue de terror global. Una vez más, la violencia y la ley del más fuerte se imponen, lo que dice muy poco de la especie humana, y, en especial, de algunos individuos con poder, que se creen los amos del cortijo mundial. El panorama es dantesco.
Y a pesar de todo ello, a pesar de tanta barbarie, tenemos políticos, cerca y lejos, en la meliflua Europa, o el gran acariciador del lomo trumpiano, Rutte, o incluso mucho más cerca, que siguen apoyando este apocalipsis como una salvación de la democracia y de la libertad. Entiendo que ustedes no serán tan pardillos para tragarse todo esto así, por las buenas. No después de aquella ignominiosa ‘Foto de las Azores’, de la que seguramente tendrán memoria. Afortunadamente, las cosas no han sido ahora así. Al menos, España se ha puesto al frente de la respuesta a la brutalidad, y lo ha hecho sin medias tintas. Si uno lee la prensa de otros países, por ejemplo, el New York Times o The Guardian, comprobará la buena acogida que ha tenido la respuesta española, saludada como una excepción notable en medio de la gran confusión global reinante.
Es posible que el ‘No a la guerra’, resucitado por Sánchez, pueda tener consecuencias electorales a su favor, como dicen algunos de sus contrarios. ¿Por qué no habría de tenerlas? Lógico que así sea, pues la mayoría de la población de este país está, efectivamente, en contra de esta guerra, como estaba en contra del genocidio, y en contra de otras muchas de las barbaridades en marcha. Puede que Sánchez aproveche la coyuntura (no ha empezado él la guerra, creo) pero, qué debería hacer: ¿apoyarla? ¿plegarse al sindiós de Trump? ¿Arrodillarse ante el nuevo emperador? No me gustaría ver al presidente de mi país en el papel impresentable de Tony Blair (bueno, él también estaba en lo de Irak), enfrentándose a Starmer por ponerle objeciones al omnipotente Trump. Y eso que no le ha puesto demasiadas, a decir verdad. Una cosa es ser aliados y otra es ser genuflexos. Trump no ha mostrado mucho respeto por España en sus declaraciones, que son de aurora boreal (como siempre). Por más que se presente como un salvador, un nuevo mesías, (Venezuela, Cuba, Irán, y lo que venga), por más que utilice metáforas de héroes cinematográficos (este es el nivel, queridos), o por más que hable de este país como de un ‘perdedor’ (el lenguaje televisivo de los ‘talent shows’, su auténtica inspiración), lo cierto es que no se debería acariciar su lomo como si fuera el de un gato doméstico, no deberíamos caer en esta bajeza, sólo por temor.
Algunos aprueban sus disparates, no por miedo, sino por convicción. O por fastidiar. Ya sabemos que la frustración se encamina de muchas formas. Se ha articulado una sorprendente revolución que dice apoyar el autoritarismo e incluso las formas antidemocráticas. En fin, allá cada cual: espero que no lleguen las quejas cuando no haya remedio. Vivimos un momento muy delicado en Europa, donde los líderes no están normalmente a la altura de lo que exigen estos tiempos oscuros (sólo Borrell habla claro, y ya no está). Apenas ha habido respuesta contundente a este caos que se acaba de desatar, de consecuencias imprevisibles, y de objetivos nada claros. ¿Es el petróleo una vez más? ¿O es más bien la manifestación de la arrogancia y la prepotencia del matón de la clase? Y, sí, está la cuestión nuclear, evidentemente. Las consecuencias económicas para Europa no deberían ponerse por delante de la tragedia y el coste de vidas humanas que estamos contemplando, pero los mesías de última hora y los salvapatrias son así. Bonito patriotismo nos está quedando. Porque, ya puestos, Trump está llevando la economía a un territorio desconocido: también en su propio país. La ira desatada es mala consejera y políticamente bastante ineficaz.
Convendrá tener en cuenta todo esto en las distancias cortas. Ya saben que la historia nos concierne, aunque parezca lejana a veces. En la prensa extranjera muchos aventuraban que España sabe medir el tamaño del dolor que producen los comportamientos irresponsables porque tuvo una dictadura terrible. Pudiera ser. Con un poco de conocimiento de Historia (¿lo tenemos? ¿lo tienen los jóvenes?) no cabrían medias tintas ante tanta barbarie. Te preguntas cómo la ignorancia puede llegar a tanto. Hace sólo unas horas, la Casa Blanca hizo pública una fotografía (o una captura de vídeo) en la que se veía a Trump rodeado de un grupo de pastores evangelistas (eso se dijo, al menos) que tocaban sus brazos en señal de apoyo, mientras emitían un rezo. La idea, supongo, era que Dios se manifestaba a través del supremo líder (God Bless América, In God We Trust, y en este plan), no sé si a la manera de los reyes medievales, cuyo poder, decían, emanaba directamente de Dios. ¿Qué les parece? Eso sí: conviene recordar que estamos en el siglo XXI. ¿Qué decir de los que atacan teocracias donde no hay separación entre poder y religión, pero lo hacen desde un país que consideramos una democracia (al menos, antes de que se desatara el sindiós trumpiano), donde la religión y el poder no deberían mezclarse nunca? Menos mal que Dios, de existir, claro, no está para estas cosas, ni es fan de un país, mucho me temo. Piden guía y consejo divino, y, viendo los resultados, ya les digo yo que Dios no ha dicho ni pío. Una vez más.