El hábito del que vive en un pueblo es transitar, surcar o sobrevivir permanentemente a las mismas carreteras. Comprar, hacer, visitar, tramitar, quedar, ver, recoger, arrancar… toda acción o actividad requiere de un punto de paso obligado, esas calzadas de supuestos dos carriles, esos agujeros de profundidad insana, esos parches que tras un invierno vuelven a ser socavón, ese traqueteo funcional de unas suspensiones al límite y unos neumáticos bramando por su supervivencia. Día tras día, discurriendo plácidamente encima de todos nuestros «impuestos para los servicios públicos».
El principal indicio de degradación de un país, estado y conjunto institucional se percibe desde la parte más baja de todo ello. Uno mira hacia abajo, lo que pisa o lo que la maquinaria hace rozamiento, la degradación, el abandono, los remiendos momentáneos, la dejadez en la conservación... Uno mira a su alrededor, la orfandad sin remedio, la soledad, el frio moral, la desertificación de las paredes de adobe, las casas cerradas, las calles sin alma, los habitantes gachos, los abuelos que nos van dejando, los cargos agarrados al cargo sin hacer nada más que llevar el nombre del cargo pegado al apellido… Uno mira hacia arriba y observa putrefacción, comisiones, sobres, en qué sábana o señorita se mete el dinero que arrancan, a qué se destina, cómo se dopan votantes con lo de los padres o fondos europeos, la inflación de esos sueldos de políticos amamantados por congresos, diputaciones y ayuntamientos… Uno mira, mira y mira buscando esperanza pero tal vez ya se haya pinchado en el hundimiento.
León son sus pueblos, son sus recuerdos, el origen, el nacimiento, nuestro ser, el lugar de las primeras veces, donde se hicieron, nos hicieron y nos hicimos; el germen de esta civilización. El siglo XXI los atropelló, pero nunca fueron dejados porque nunca quisieron dejarse. Hoy para volver a ellos hay que sobrevivir a las vías y a las ausencias de todo lo que el ciudadano moderno requiere. Pero al menos las familias y acompañantes de los cargos están bien sustentados. Pónganse a resguardo.