Zana Lord

Armando Gutiérrez
10/06/2016
 Actualizado a 01/09/2019
Llegabas corriendo del Patronato. La cartera de sobado cuero subía arrastrada por las escaleras y caía exhausta en mitad del pasillo...

– ¡¡Marcho mama!!

Decías, girándote con la rapidez infantil de aquellos años. Y María Albina, con un bocadillo de chorizo en la mano y el mandil lleno de migas replicaba desde la cocina a voz en grito:

– ¡Dónde vas! ¡Merienda! ¡Haz los deberes!

– ¡No tengo!

Contestabas bajando de dos en dos los peldaños.

Corrió el tiempo. Y aquella inocente cartera cedió su espacio a la pala. Apagaste los gritos infantiles para encender una lámpara y levantar el puño de las reivindicaciones.

Mantuviste el bocadillo de chorizo alimentando tu espíritu rebelde y, entre lectura y sudor, pasaste a formar parte de aquella historia minera que heredaste de tus antepasados.

Sorpresa. La vida dió un vuelco. La mina se hundió de repente. Y tú estabas fuera. Pero tenías la barca del ánimo cargada de piquetes que sujetaran la quiebra.

Cogiste el bastón de mando con la misma sencillez que habías llevado la cartera. Con la terca humildad que portaste la lámpara.

Y desde la cocina del ayuntamiento intentabas recoger las migas que aliviasen el hambre de tus vecinos, privados del bocadillo por la terca negligencia de los de siempre.

Y oiste un ruido de carteras en el pasillo de las soluciones. Y gritaste aquello de:

– ¡¡Haced los deberes!!

Y una voz fría, seca y lejana hizo rodar tu esperanza y una lágrima de impotencia por las escaleras cuando contestó:

– ¡No tenemos!
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