Existen montañas que parecen silenciosas porque han aprendido a callar demasiado. La Peña del Seo, situada en el municipio berciano de Corullón, en Cadafresnas, es una de ellas. Desde lejos, ofrece la serenidad mineral de sus cumbres: la roca, los robles y los brezos, el viento y un camino zigzagueante que asciende hasta la montaña. Pero al acercarse, uno percibe que esa quietud fue testigo de un tiempo de fiebre, de túneles perforados en la roca, de personas subiendo pertrechadas con picos y mazas, y de un metal oscuro que hizo temblar gobiernos, ejércitos y economías de todo el mundo: ese elemento fue el wolframio.
No era oro, aunque durante algún tiempo dio una falsa apariencia. No brillaba como una promesa fácil, pero valía más que muchas cosechas. El wolframio –o tugnsteno– posee cualidades casi mágicas: su altísima densidad, dureza y resistencia. Resiste el fuego como pocos materiales, y su punto de fusión es uno de los más altos entre los de naturaleza metálica (3.422 °C). Entre los metales, se convirtió en un recurso crucial para endurecer aceros, fabricar herramientas de corte, blindajes, proyectiles, maquinaria industrial y componentes sometidos a temperaturas extremas. En una época de guerras mecanizadas, ese mineral invisible que surgía entre las vetas bercianas pasó de ser una rareza geológica a convertirse en un asunto de Estado.
La II Guerra Mundial transformó el wolframio en un tesoro oculto. España, oficialmente neutral, según el catedrático Joan Maria Thomàs Andreu, se convirtió en un territorio disputado entre las grandes potencias mundiales. Alemania necesitaba el metal para impulsar su industria militar; los Aliados, sin embargo, se afanaban en impedir la llegada del mineral al Reich. En todo el noroeste, así como en la Peña del Seo, la montaña empezó a vislumbrarse con otros ojos: el paisaje pasó a ser un almacén estratégico. La historia del wolframio del noroeste peninsular se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Los historiadores sitúan el interés en la Peña del Seo entre 1939 y 1959, lo que convierte a este sector de la provincia en un enclave destacado.
Sin embargo, antes de convertirse en historia, formaba parte de la geología. Un idioma que habla de antiguos filones de cuarzo formados a través de fracturas por las que circularon fluidos calientes ricos en metales que, con el tiempo, se fueron enfriando lentamente para atrapar la wolframita –un óxido de wolframio con hierro y manganeso–. Allí donde los visitantes ven solo una roca, el geólogo es capaz de leer la historia de la tierra y los procesos profundos ocultos que han dado forma a estas montañas: presiones, temperaturas, intrusiones de granitos y fracturas que, durante millones de años, fueron transformando la roca en lo que hoy el azar humano encontró en ella utilidad a lo que la tierra había escrito sin prisa.
El descubrimiento del mineral en la Peña se produjo en 1940. Unos años más tarde, en 1947 se instalaría la primera planta de lavado equipada con un molino de bolas, mesas de lavado y un tromel. Más tarde llegaría la fundación del poblado minero de La Piela, creado en 1952 y habitado un año después. No fue un asentamiento cualquiera. Estaba dotado de 41 viviendas familiares de unos 60 metros cuadrados, bien equipadas para la época con calefacción, agua caliente y luz eléctrica, comodidades poco habituales en otros asentamientos mineros.
Pero la mina no era solo trabajo; representaba una frontera moral, testigo de ambición, hambre, miedo y esperanza. Hubo quienes buscaron en el wolframio una forma de vida y otros la manera de enriquecerse. Ingenieros, trabajadores, intermediarios, guardias, contrabandistas. Familias enteras forjaron su modo de vida en la búsqueda del oro negro, una especie de piedra filosofal capaz de cambiar el riguroso invierno. En los duros momentos de la posguerra española, la montaña fue capaz de ofrecer lo que el campo no siempre podía dar: una fuente de ingresos rápida, arrancada a golpes de pico, maza, punterola y dinamita, a la que sucumbieron muchos mineros que ofrecieron su vida a la montaña. La tan temida silicosis, los derrumbes y las explosiones, incluso los conflictos entre grupos organizados y armados que controlaban las vetas de mineral en las primeras etapas de la Peña –como la Cuadrilla del Gas–.
Poco después volvió la guerra. Esta vez, la de Corea, y el wolframio volvió a resonar con fuerza en el Bierzo. Pero como toda fiebre, no suele durar mucho, y en 1958 el sueño del oro negro se desvaneció para siempre. El poblado estiró su suerte unos años más, habitado por Jovino y Milagros García, quienes permanecieron hasta 1974, al cuidado y pago de los impuestos de las viviendas para evitar los embargos, cuando llegó el olvido y el abandono.
Hoy, el poblado resurge gracias a iniciativas como las de Luis Alberto Arias González, alcalde de Corullón, quien ha impulsado –a través de un plan de revitalización del poblado minero, promovido por el Instituto Leonés de Cultura, adscrito a la Diputación de León– la recuperación de este valioso patrimonio histórico, minero y humano, que rescata del olvido a este conjunto de arquitectura industrial minera único en toda la provincia.
El wolframio ha trascendido la frontera del tiempo. La Unión Europea ha incluido este elemento en su lista de 34 materias primas críticas, necesarias para la industria, la defensa, la transición energética y las tecnologías avanzadas. Atrás quedan los tiempos en los que el wolframio se usaba en blindajes y proyectiles, convirtiéndose en un elemento indispensable para la soberanía tecnológica y energética, así como para el futuro industrial. El viejo mineral de la Peña del Seo conserva aún esa extraña actualidad.
De manera que esta montaña merece ser contada, no como una vieja fotografía abandonada en un cajón, sino como un archivo a cielo abierto. Galerías, escombreras, edificios antiguos y casas vencidas no son solo restos. Constituyen todos ellos un capítulo de la historia en el que la geología se hizo economía, la economía se hizo guerra y la guerra entró en los pueblos. La Peña del Seo recuerda que incluso lugares remotos como este se conectan a través del pulso secreto del mundo.
Recorrer los senderos que llevan a la Piela –hoy centro de visitantes Montaña Negra, en Cadafresnas– y su montaña es recuperar parte de esa historia. Preguntas que aún son eco en estos valles y devuelven a la vida estos paisajes en los que hubo frenética actividad, trabajo, miedo, riqueza y abandono. Aquí, en estas remotas montañas del Bierzo, el wolframio ardió sin llama y dejó una luz negra que todavía no se ha apagado.
Javier Fernández Lozano es Profesor Titular de la Escuela de Minas de la Universidad de León.