Querido Sócrates: Cuando se empezó a urbanizar el barrio de la Universidad, una primavera, vi florecer los narcisos en los solares que delimitaban las nuevas aceras. Los conocía desde niño porque tuve la fortuna de estudiar en la ribera del Torío, no muy alejado de la ciudad pero rodeado de prados y huertas. Me trajeron el recuerdo de los descubrimientos de la infancia. Esos descubrimientos que, aunque algunos no lo piensen, también son aprendizaje. Por eso, y antes de que la construcción los hiciera desaparecer definitivamente, decidí rescatar un puñado de ellos y plantarlos en las jardineras de mi balcón. Algunos llevan ya un puñado de tiempo allí.
En aquel tiempo aprendí que esos pequeños narcisos eran la primera flor que avisaba de la primavera. Aparecían a finales de febrero o primeros de marzo. Cuando los descubrí, llevé un ramillete, en mi cartera escolar, a mi madre con la sensación personal de que había llevado a cabo una hazaña que otros no alcanzaban porque no conocían los tiempos y los rincones en donde aparecían esas joyas que ofrecía la naturaleza.
Como en los años siguientes empecé a fijarme, fui aprendiendo que, a la aparición de los narcisos, le sucedía la de otra flor , muy brillante y también amarilla. Era la que los botánicos llaman ranúnculos y que los franceses denominan «bouton d’or» un nombre cuya sonoridad sugiere, a la vez, primavera y pensamientos de amor. Después aparecían los dientes de león y la hierba comenzaba a crecer y encañar, hasta que, en mayo, y junio te saludaban las amapolas.
A medida que fui aprendiendo me di cuenta de que en cada lugar y en cada ambiente había ciertas señales que avisaban del tiempo. Así, por ejemplo, en los jardines continuamente recortados, son las verónicas y las margaritas las que anuncian la primera actividad. Fíjate, Sócrates, las verónicas son unas florecillas de un elegante azul, pegadas al suelo, de no más de un centímetro de diámetro, con unas venillas blancas y azules en el centro que, cuando las tomas con la mano su corola se desprende y se cae. Es como si la flor se defendiera de tu asalto inmolándose.
Hay un dicho que muchos finales de invierno acude a mi cabeza: «Cuando los cardos enseñan las orejas, ya no pasan hambre las mis ovejas». Es la forma pastoril de anunciar el comienzo del crecimiento de la hierba.
El caso es que los narcisos de mis maceteros comenzaron, este año, a desarrollar sus hojas muy pronto y hoy ya hay alguno que muestra la cabezuela de la flor asomando desde la basa de las hojas.
Al principio lo achaquéa que, por estar cerca de la ventana, disfrutaban de una temperatura más amable, pero eso hubiera sido igual en anteriores inviernos. Junto a los narcisos tengo unas pocas fresas. las plantas han tenido flory fruto hasta diciembre. Esto tampoco había sucedido antes.
Si salgo de casa, frentea mi portal, la hierba no está rala, pegada a la tierra y quemada por las heladas. El trigo de ratón y otras gramíneas ya están algo crecidas y en algunos casos encañadas. Los cardos ya hacen algo más que enseñar las orejas y acabo de ver las primeras verónicas.
El caso es que, el sábado, Juanjo me invitó a cazar cerca de Boñar. Fui un rato, a la tarde, con la ilusión de levantar alguna pitorra, cosa que no sucedió. Pero lo que si sucedió fue que, al ir a subir un ribazo, al apoyar la mano para alzarme, me topé con un narciso como los de mi balcón, perfectamente florecido. Me quedé estupefacto. Era como ver una amapola en febrero y, además, en la falda del pico Muela.
Bueno, Sócrates, estoy un poco asustado de ver brotar antes de tiempo verónicas y narcisos. Me gustaría que le dijeras a tus amigos y conocidos que no hagan el burro con las calefacciones, el aire acondicionado, los coches y todo lo que manda energía de sobra a la atmósfera, a ver si somos capaces de parar un poco lo que amenaza con torcer las estaciones.
Siempre tuyo.
Lo más leído