El trauma que no termina: cómo el dolor de una generación es heredado por la siguiente

Estíbaliz Becerro Pellitero
22/06/2025
 Actualizado a 22/06/2025

¿Qué pasa cuando una guerra termina pero el sufrimiento sigue presente en quienes ni siquiera la vivieron? La ciencia tiene una respuesta: trauma heredado o intergeneracional. Y aunque suena como una idea poética, es una realidad biológica, emocional y política que marca a pueblos enteros.

El trauma heredado no es solo psicológico: también es genético. Investigaciones recientes han demostrado que el estrés extremo vivido por una generación puede modificar la manera en que se expresan ciertos genes. Estos cambios, sobre todo en los que regulan la respuesta al miedo y al estrés, pueden transmitirse de padres a hijos. Es decir, alguien puede nacer con una carga emocional que no le pertenece directamente, pero que sí forma parte de su historia.

Para miles de palestinos, vivir bajo la sombra de la Nakba –la ‘catástrofe’ de 1948 que supuso el desplazamiento masivo tras la creación del Estado de Israel– es parte de su día a día. Generaciones enteras han vivido bajo ocupación, en campos de refugiados o en el exilio. Muchos niños, que nunca conocieron su tierra natal, crecen marcados por la ansiedad, la hiperalerta constante y la desconfianza hacia el futuro.

No todo ese sufrimiento proviene de experiencias directas. En muchos casos, es el dolor acumulado de las generaciones anteriores el que moldea sus cuerpos, miedos y formas devivir en un mundo del que no se sienten parte.

El caso de India y Pakistán también ilustra esta herencia. La Partición de 1947, que dividió el subcontinente tras la retirada británica, dejó millones de muertos y desplazados. El paisaje se llenó de familias cruzando fronteras improvisadas, dejando atrás hogares, memorias e identidades.

En 2019, India bombardeó la zona de Balakot alegando que allí operaba un campo terrorista. Aunque fue un evento breve, activó en muchos la memoria de los conflictos pasados. Jóvenes que no vivieron la guerra crecieron con banderas, himnos y traumas que no eran suyos, pero que ahora los habitan.

Ese recuerdo se reactivó en mayo de 2025 cuando un nuevo episodio de tensión culminó en un ataque aéreo de India sobre la región de Azad Cachemira, tras un atentado fronterizo atribuido a militantes armados. Las imágenes de humo, sirenas y familias desplazadas volvieron a llenar las pantallas, y con ellas, los cuerpos de miles de personas volvieron a sentir el peso del miedo heredado. Muchos jóvenes indios y paquistaníes, que jamás han pisado un campo de batalla, volvieron a acostarse con el corazón agitado, como si la guerra estuviera inscrita en su memoria sin haberla vivido.

Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha estado marcado por la represión, la guerra con Irak en los años 80, y una vigilancia constante sobre la vida privada. En 2022, la muerte de Mahsa Amini, detenida por no usar correctamente el velo, desató protestas lideradas por mujeres y jóvenes. La represión fue brutal: cientos de muertos, miles de detenidos y una generación que aprendió que desear libertad puede costar la vida.

En junio de 2024, Irán volvió a temblar. Una operación militar masiva de Israel dejó más de doscientos muertos, entre ellos científicos y altos mandos. El país se sumió en el caos: aeropuertos cerrados, la televisión atacada, familias huyendo del humo y el miedo. Y aunque muchos de los jóvenes que despertaron aquella noche nunca vivieron una guerra directa, sintieron el corazón acelerado. Como si su cuerpo recordara lo que nunca vivió. Porque así actúa el trauma heredado: basta una sirena, una ausencia, una orden, para reactivarlo.

El trauma heredado no aparece en los titulares, pero se cuela en cada gesto: en una madre sobreprotectora que vivió bombardeos, en un niño con insomnio sin causa aparente, en comunidades que no confían en nadie porque han aprendido a sobrevivir en silencio.

Y ese silencio es peligroso. Porque lo que no se nombra, se repite. Sanar también es un acto político

Hablar de trauma intergeneracional no es quedarse en el pasado: es entender por qué, décadas después, hay pueblos que siguen atemorizados antes de que se disparen las balas. Para romper ese ciclo, hacen falta más que treguas. Hace falta reconocimiento, justicia y espacios seguros donde contar el dolor sin ser silenciados.

Porque la verdad es clara: mientras el trauma siga siendo hereditario, la paz no será posible. Ni siquiera para quienes aún no han nacido.

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