Llegan noticias desde Extremadura que nos ponen los dientes largos. El Gobierno de España, a través de la Sociedad Estatal de Transformación Tecnológica (SETT), invertirá en Trujillo (Cáceres) 750 millones de euros en un proyecto de Diamond Foundry para la producción de diamantes monocristalinos para el desarrollo de chips de alto rendimiento.
El anterior gobierno socialista de Extremadura trabajó para que en 2021 se estableciera Diamond Foundry con una primera factoría y lo hizo en Trujillo por estar dentro de una zona, si bien no en su núcleo central, afectada por el cierre de la Central Nuclear de Almaraz. Ahora, el Gobierno con la SETT invierten en crear 500 empleos directos y hasta 2.100 contando los indirectos en una zona rural que precisa de nuevos horizontes tras el necesario fin de la energía nuclear.
La transición a la era postnuclear en el entorno de Almaraz no tendrá nada que ver, afortunadamente, con la transición hacia la nada que hemos sufrido en las cuencas mineras asturleonesas y palentinas. Nada empezó el 31 de diciembre de 2018. Llevo escuchando reconversión, reindustrialización, reactivación de las cuencas desde que tengo uso de razón y la tozuda realidad es que todo se apagó el día en que la minería subvencionada tuvo que cesar.
Desde finales de los 80 hemos tenido tiempo y dinero para planificar el futuro económico y social de estas cuencas y hoy, si hacemos un viaje de Bembibre a Barruelo pasando por Toreno, Fabero, Zarréu, Villablino, La Pola, La Robla, Sabero, Cistierna y Guardo, comprobaremos que son lugares de personas aferradas al pasado, a la nostalgia de un tiempo donde todo era actividad; vida, en definitiva. También con sus sombras, los prejubilados mineros las recuerdan cada día en las barras de los bares que subsisten, los colegios se han hecho enormes con el menguar sin cesar de su alumnado y en sus calles semidesérticas donde es más fácil toparse con un octogenario que con un treintañero. No quiero ponerme nostálgico, que la nostalgia es la antesala del fascismo, pero me asoma la envidia, sana, al comprobar como en otros territorios afectados por el cierre de sectores dominantes de su sistema económico las administraciones se unen para sacar adelante nuevos nichos de empleo, de futuro.
No soy iluso para esperar nada de la Junta de Castilla y León en estas cuencas, que por suerte siguen siendo un hueso duro de roer para las derechas que gobiernan desde Valladolid, pero es bastante desalentador que tras más de 7 años de gobierno socialista en España no haya un solo proyecto de la envergadura del de Trujillo en estos territorios que son (o eran) rojos en todos los mapas de resultados electorales. Quizás el proyecto de La Robla Green pueda tener cierta envergadura para dar oxígeno la cuenca La Robla-Matallana, pero ¿tan difícil es conseguir, con la ayuda del Estado, un proyecto similar en cada cuenca? ¿Sirven de algo los representantes públicos que sólo trabajan para aplaudir asfaltados y rotondas?