El trabajo rompe o mata

Elena Blasco Martín
28/04/2026
 Actualizado a 28/04/2026

Los trabajadores y trabajadoras somos gente humilde pero importante. Nuestro trabajo es importante. Desde los andamios, entre los surcos de la tierra, en el pozo de carbón, en las aulas y en los hospitales, encima de un escenario, entre máquinas, con herramientas, en las residencias, en las calles, sobre vagones de ferrocarril… los trabajadores y trabajadoras en conjunto formamos el elemento decisivo e imprescindible para que las economías progresen y para que las sociedades avancen hacia un mundo mejor, más justo.

Nada son ni los dineros ni los mercaderes ni los ingenieros de las finanzas ni los gobiernos sin nuestras manos, sin el poder trasformador de nuestras manos. Y, sin embargo, somos el eslabón más frágil, la célula más débil de todo el aparato productivo. Porque nos rompemos.

Durante el pasado año se produjeron 53 muertes en Castilla y León como consecuencia de la actividad laboral, 6 en la provincia de León. Hubo 62.651 accidentes, 10.238 en la provincia de León. Todas las muertes duelen y provocan llanto y desconsuelo. Pero algunas de ellas se significan por encima de las otras a causa de su mal olor, a causa de un hedor venenoso que nos advierte de que no se trata de muertes naturales, sino que son un producto torcido e indigno de la vida, de la mala vida. Entre ellas, están las de albañiles, mineros, maquinistas, gente corriente cuyo único delito en ese día bárbaro fue haber acudido con normalidad a su puesto de trabajo.

Este país en que vivimos ha conocido en las últimas décadas conquistas importantes a la hora de prevenir los riesgos laborales. Tenemos leyes y decretos, 30 años se cumplen ahora de la entrada en vigor de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. Tenemos inspectores y tenemos fiscales especializados. Tenemos personal técnico y delegados y delegadas que actúan en las empresas. Tenemos más medios y más formación. Pero, aun así, el reguero de accidentes se derrama por toda la geografía. Quizá porque las leyes y los decretos no sean suficientes o no estén actualizados conforme a las nuevas realidades del trabajo; quizá porque no lo estén tampoco los inspectores ni los fiscales ni los técnicos ni los delegados. Quizá porque no atendemos lo suficiente a nuestro principal desafío, las enfermedades producidas por el trabajo, que siguen invisibilizadas y sin analizar con perspectiva de género. Quizá también porque algunos patronos descuentan de antemano en sus balances el coste de esos accidentes como una circunstancia sin mayor trascendencia, esos patronos que consideran la prevención como un gasto en lugar de una inversión, esos mismos patronos que luego escriben un telegrama de condolencia a las familias y buscan acordar indemnizaciones para escapar de otras condenas. Quizá el azote penal sea urgente, aunque no acabe nunca de alcanzarnos.

Nuestros muertos lo han sido a causa de caídas, de atrapamientos, de atropellos y de otra variedad de razones perfectamente previsibles y, por lo tanto, evitables. Eso es lo más terrible. Prácticamente todos nuestros muertos pudieron no haberlo sido. Por eso es trascendental que sepamos que nos rompemos con suma facilidad. Y es necesario por eso mismo que seamos conscientes y que nos rebelemos contra cualquier maniobra que nos ponga en peligro. Debemos ser los primeros actores de nuestra prevención, y luego, naturalmente, exigir medios y reclamar justicia.

Este 28 de abril, Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, es una buena ocasión para insistir y exigir. ¡Trabajo sí, enfermar o morir, no!

Elena Blasco Martin es Secretaria General de CCOO León
 

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