Subir a un tren no debería ser un acto de fe

Juan Javier Sánchez
30/10/2026
 Actualizado a 30/10/2026

Hay una  forma antigua de querer a alguien, que consiste en acompañarlo al andén. Se cargan las maletas, se dicen las cosas pequeñas que sostienen a las grandes y, cuando el tren arranca, se levanta la mano hasta que el último vagón se disuelve en el horizonte. Durante generaciones, esa mano levantada era un gesto de ternura. Esta noche, en España, es una pregunta sin respuesta.

A las 8:53 de la mañana, entre Los Yébenes y Urda, en esa Mancha de llanura infinita donde nada debería interponerse en el camino de nadie, dos trenes de alta  velocidad se encontraron en la misma vía. Al cierre de estas líneas se cuentan al menos 68 muertos y más de cien  heridos, muchos de ellos graves. Cada número es una  maleta que no se abrirá,  una  llamada que no se hará  y una  silla que mañana quedará vacía  en la mesa del comedor.

Lo  que sabemos por  ahora basta para que  la  indignación tenga  dónde apoyarse. La maquinista del Iryo hablaba con  el centro de control de Adif para reanudar la marcha y, diez minutos después, antes de arrancar, fue embestida por  el AVE.  Dos  trenes.  Una  vía.  Un  sistema  cuya única razón de  existir es impedir que eso ocurra. Y el ministro de Transportes, en lugar de explicarlo, ha  tenido que calificarlo de «inexplicable». Es la palabra más honesta que ha pronunciado en mucho tiempo, porque confiesa lo que lleva años negándose: que en su ministerio hay cosas que nadie entiende y nadie controla.

Este no es el primer duelo del  año. Hasta el propio Sánchez admite que dos tragedias  ferroviarias en un mismo año  son  inasumibles. Pero lo inasumible, en este Gobierno,  se asume con   una   facilidad pasmosa.  Se asume con comunicados, con  minutos de silencio, con  la mirada grave de quien ensaya el dolor ante la cámara. Y se recuerda,  porque la hemeroteca no  perdona, aquel día en que Óscar Puente pidió tranquilidad porque las posibilidades de otro  accidente como el de Adamuz eran, según dijo, bajísimas. Qué tranquilidad tan cara. Esa frase tiene hoy sesenta y ocho destinatarios que ya no pueden escucharla.

Gobernar un país  es, antes que cualquier otra  cosa, un contrato de custodia. El ciudadano paga impuestos, cede libertades y obedece leyes a cambio de una  promesa mínima y sagrada: que cuando salga de casa, el Estado habrá hecho su parte para que vuelva. Un Gobierno que no puede garantizar eso no tiene derecho a  hablarnos  de transformación,  de relato ni  de avance.  Ha presumido de red de alta velocidad, de modernidad y de liderazgo, mientras bajo ese barniz  de ferrocarril puntero se acumulaban los descuidos, y las vías, que no   saben de propaganda,  han   ido  cobrando su   factura.  Esa   es la negligencia que importa, la de gobernar para la foto  y no  para el andén. La otra,  la penal, la determinarán los  jueces. La política, la que corresponde a quien manda, ya está sobradamente probada.

Puente dice que no  piensa en sí mismo, que solo  le importa esclarecer los hechos.   Es  una   frase  bien   construida  y  completamente  vacía.   Hay   un momento en la vida de un responsable público en que la dignidad exige dejar de pensar en el cargo y empezar a pensar en los muertos, y ese momento es este.  La Plataforma Víctimas Alvia 04155,  la de quienes ya  cargan con  otra tragedia ferroviaria, ha  pedido su  dimisión.  Quien  ha  sufrido tanto tiene la autoridad que a él le falta. Un ministro que ha convertido las redes sociales en su campo de batalla favorito no puede exigir ahora el respeto solemne que él mismo ha negado a tantos.

Y  detrás de  Puente,  resguardado,  está  Sánchez. Su   respuesta  ha   sido prometer que «si ha habido negligencias se sabrá» y afirmar, a las pocas horas, que todo indica  que las causas no tienen relación con Adamuz. Reparen en la gramática del miedo: el condicional, el «todo indica», el cortafuegos levantado antes de que se enfríen los cuerpos. Esa es la cobardía en su forma más pura, la de quien prefiere vigilar su propio perímetro antes que enfrentarse al país que preside. Un presidente de verdad habría pronunciado una  sola  frase, que es la más difícil: esto ocurrió bajo mi Gobierno y respondo por ello.

Frente a ese repliegue, se ha visto otra  manera de estar. Feijóo ha reclamado en una  declaración institucional una  investigación gubernamental inmediata y  otra   judicial,  con   todos los  medios y  sin  interferencias.  Ha  pedido una auditoría, porque España tiene derecho a saber qué ocurre con  sus infraestructuras. Sin aspavientos,  sin mitin, sin convertir el luto  en trinchera. Pidió  datos donde otros ofrecían adjetivos. Así  se comporta quien aspira a presidir un  país:  con  el  pulso firme,  la  voz  serena y la  convicción  de que mandar consiste en dar cuentas, no en esquivarlas.

Esta  noche, en las ventanas de media España, hay una  luz encendida junto a un  teléfono que no  suena.  Esa  luz  es la única acusación que importa.  Los demás, los ministros, los presidentes y los portavoces, pasarán. La luz permanecerá. Y mientras no sepamos que subir  a un tren vuelve a ser lo que fue siempre,  un  acto trivial,  cotidiano e inocente,  nadie en este Gobierno tendrá derecho a pedirnos confianza.

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