Pocos leoneses, si es que hay alguno, no conoce y canta el himno a su tierra. Pocas provincias tienen un himno tan cantado, aunque el de León sea menos conocido fuera de nuestras fronteras que el de ‘Asturias patria querida’ de nuestros hermanos astures trasmontanos. Leoneses de todo color llenamos nuestras voces con «Sin León no hubiera España, antes que Castilla Leyes,…». Esa frase es una verdad histórica: León buscó la unidad de España al menos desde que el último rey asturiano, Alfonso III, quien de facto ya tenía su sede regia más en León que en Oviedo; sede que trasladó definitivamente a León su hijo García I en el año 910, marcando ese año como el comienzo del Reino de León. Un reino que contaba, entre sus principales singularidades, con la de disponer de leyes escritas, normas jurídicas que conferían también al pueblo llano derechos, que en el resto de Europa tardarían siglos en llegar. El Fuero de León, otorgado por Alfonso V junto a su esposa Elvira Menéndez en el año 1017, base para muchos otros fueros posteriores, regía las vidas de los leoneses cuando Castilla era solo un condado. Leyes que Fernando III, hijo de Alfonso IX el rey de las Cortes y Decreta de 1188, impuso a los castellanos, cuyos nobles preferían regirse por el Derecho consuetudinario, más sencillo de manejar en su favor y perjuicio sus súbditos.
La afirmación «sin León no hubiera España», encierra una incuestionable realidad histórica, que cantamos los leoneses a los cuatro vientos cargados de orgullo, y de razón. Al menos desde Alfonso III, hay constancia de que el objetivo del Reino de León era lograr la reconquista de toda la península, expulsar a los musulmanes y restaurar la unidad nacional del reino visigodo. Hacía falta ser muy Quijote (sanabrés) para querer derrotar al califato de Córdoba, cuando Córdoba contaba con un millón de habitantes y León con poco más de ocho mil almas. Pero ese sueño se mantuvo en la cabeza de los reyes leoneses y en los soldados de a pie que los acompañaban, y lo transmitieron a los del resto de reinos cristianos, no solo hasta los Reyes Católicos, sino al menos hasta la propuesta de unificación ibérica del astorgano Pio Gullón, diputado nacional que, al calor de la reunificación alemana e italiana, planteó la de España y Portugal en 1858 en un pequeño libro, ‘la Fusión Ibérica’. Esa unificación se intentó al menos en tres ocasiones solo en el siglo XIX, como en los anteriores, sin éxito, salvo entre 1580 y 1640.
El objetivo de los reyes leoneses de lograr la unidad de toda la península ibérica, se plasma de manera indubitada cuando Alfonso VI (1040-1109), tras la conquista de Toledo, antigua capital de los reyes godos, en el año 1084, se intitula ‘Imperator totius Hispaniae’. Ese título es también utilizado por su hija, la Reina Urraca I (1081- 1026), que mantuvo la integridad del reino heredado de Alfonso VI, venciendo para lograrlo militarmente a los almorávides, a su segundo esposo, a su hermanastra y al obispo de Santiago. Urraca I, firmaba, además de como reina de León, como como ‘Urraka Yspaiensum regina’ o ‘Regnante regina Urraka cum filio suo Adefonso in tota Ispania’. Quizá con esa idea de unidad de España, Alfonso VI concertó el matrimonio de su hija Urraca con el rey Alfonso I de Aragón y Pamplona, buscando un heredero común para ambos reinos, unión malograda por la avaricia misógina del aragonés. Alfonso VII (1105-1157), hijo de la reina Urraca, formalmente fue coronado como «Emperador de toda España» en la catedral de León en el año 1135, ante el legado del Papa Inocencio II, y reconocido como tal, no solo por Roma, sino por todos los reyes desde el sur del río Loira, en Francia, hasta Algeciras. La unión posterior de las coronas de Castilla y León bajo Fernando III, hijo de Alfonso IX de León y de Berenguela de Castilla, no supuso la desaparición del Reino de León, que mantuvo su identidad propia y sus propias Cortes prácticamente hasta el absolutismo de los Austrias. Y aún hoy, el Rey de España tiene entre sus títulos el de «Rey de León».
Por todo ello, el escudo de España está formado por cuatro cuarterones (y una Granada) que representan los Reinos Históricos de cuya unión definitiva en 1515 nace este país. No es cuestionable que el León del escudo de España representa al antiguo Reino de León y no a la ciudad o provincia de León.
Esta realidad histórica del papel de León en la creación de España, esa idea colectiva de que «sin León no hubiera España», parece que los leoneses la tenemos muy presente a la hora de ejercer nuestro derecho al voto. Leoneses de toda ideología, militantes y cargos de todos los partidos, son leonesistas, entendido el término en el sentido de sentirse orgullosos de ser leoneses y afirmar querer trabajar por la mejor León. Todos los leoneses, todos los militantes de cualquier partido, lloramos la sangría demográfica que sufre la provincia y la región leonesa, que ha perdido casi 100.000 habitantes en los últimos 40 años. Todos los leoneses lamentamos la reducción de la actividad económica de nuestra región; el cierre de la minería y de las centrales térmicas; la compra de Caja España; el ‘traslado’ de la centralidad ferroviaria del noroeste en favor de Valladolid; o la simple imagen decadente de una ciudad que tiene en muchas calles más locales comerciales cerrados (y sucios) que abiertos. Leoneses de todo color político hablamos en los bares de la crisis socioeconómica que obliga a emigrar en busca de trabajo a nuestros hijos, como en los años 60 del siglo pasado. Vemos, vivimos y sufrimos esta realidad, con una mezcla de rabia y resignación. Y buscamos culpables, que casi siempre vemos fuera de nosotros y de nuestra actitud, en los gobiernos y en la clase política, olvidando que son los que hemos votado nosotros.
Pero cuando llega la hora de ejercer nuestro derecho al voto nos olvidamos de esa cruda realidad, del hijo o nieto que sobrevive en Madrid, del pequeño negocio del barrio que cierra para no volver abrir, y pensamos en nuestro himno. Convencidos de que «sin León no hubiera España», pensando en clave nacional, los leoneses votamos, una vez por castigar a un partido, a la siguiente por castigar al otro o buscando una alternativa que salve España. Siempre España… Y tras el recuento electoral, a seguir llorando por León.
José Manuel Martínez Fernández es Doctor en Derecho