Querido Sócrates: Hace dos o tres domingos fui a visitar a su pueblo a Pedrito, el molinero. Tenía que verlo porque no lo hacía desde agosto. Me tenía reservado medio saco de trigo para mis perdices que, desde la terraza, me traen el sonido del campo.
La verdad es que, debido a un cúmulo de complicaciones que hemos sufrido ambas familias, no se había dado la situación de vernos. Pedro es de ese tipo de amigos que te eligen, por decreto, y ponen todo de su parte para que te sientas bien. Por eso finalmente me obligué. No iba a hacerle el feo de no acudir a verle por más tiempo, encima de regalarme el trigo.
De camino, paré a comprar un mollete en la tahona de un pueblo cercano. Me di ese placer, que todavía podemos experimentar en León, de oler a pan recién hecho. De ver los cestos de tortas, barras y panes junto a las palas que descansan en la pared. De sentir el calor que rebosa del horno mientras, los panaderos en camiseta y cubiertos de harina te eligen y te despachan el pan, más o menos cocido, que tu deseas.
Como suponía que Pedro estaría cazando y era todavía pronto para el mediodía, fui a un rincón, que conozco de otros años, a ver si podía coger algunas setas. Así dejaba correr el tiempo. A mi mujer le gustan mucho los níscalos con patatas y ese pretexto hace que me siga siendo posible ser un poco el recolector-cazador que queda en mi y que necesito para vivir, que no para comer.
Últimamente no sé lo que me pasa. Salgo al campo y me siento como ajeno, incluso en el pueblo. Como si estuviera pisando la casa de otro, sin su permiso. Por eso busco rincones íntimos, que no recónditos, en donde sobreviva algo natural, un tomillo, un lagarto, algo y, sobre todo, sin ruidos ni intromisiones. Porque, Sócrates, los perturbadores son muchos y se distinguen porque se empeñan en no formar parte del campo unos y en destruirlo otros.
En el campo, cada uno, desempeñamos, o desempeñábamos, nuestro papel.
El campesino era campesino, el visitante era visitante y se presentaba al campesino y, el campesino le recibía. El caminante saludaba al otro caminante y cada uno cumplía su fin.
Llegabas junto al vendimiador, le pedías un racimo y él, te llenaba las manos. Tu padre se dirigía al pastor y, ambos, liaban un pitillo y echaban un rato en hablar sobre si la paridera venía bien o retrasada.
Siempre me intrigó esta generosidad. Quizá no me daba cuenta que el hombre del campo sabe, como los judíos en el desierto, que el maná que no se consume se corrompe; pero tampoco pienso que sea toda la explicación. También hay el orgullo de ser el que ha producido el fruto una generosidad que otros grupos sociales ignoran porque no viven junto a una naturaleza generosa aunque, otras veces, se muestre dura y cicatera.
No sé si estorbo o me estorban. Necesito que la naturaleza, y en su representación el campo, es decir, la campiña, me reciban y no ser su extraño.
El caso, Sócrates, es que me concentré en buscar unos níscalos, aunque no aparecían. Había rúsulas, bastantes clavarias algunas amanitas muscarias y setitas pequeñas, pero de níscalos, ni rastro.
Poco a poco me fui acercando al lugar clave en donde parecía imposible no encontrar los robellones. Entonces comenzaron a aparecer, pero estaban llenos de gusanos. Algunos tan llenos que se habían convertido en montoncitos de serrín anaranjado. Con gran trabajo fui encontrando unos pocos con menos daño y corrupción.
De repente, ante algo inesperado, levanté la vista de mi zigzagueo micófilo y vi algo sorprendente. Ante mi había, en medio de la umbría de los pinos, una pequeña plantación de ‘maría’. Estaba protegida por una malla de gallinero sujeta con cuerdas a los pinos. Las plantas, que no eran muchas, estaban tristes, largas, casi totalmente deshojadas, chuchurrías.
Decididamente, Sócrates, si en vez de níscalos me encuentro ‘maría’ en el campo, ese ya no es mi campo. Menos mal que, aunque Pedrito no acudió a su hora, su tía y su abuela me besaron y me dieron el trigo.
Siempre tuyo.
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