Señor Presidente del Gobierno, permítame que le hable con la franqueza de la calle, esa que parece no llegar a La Moncloa. Con el debido respeto institucional, pero con la amargura de la realidad: la está ‘liando parda’. Usted preside un país donde la columna vertebral, la clase media, no se está desmoronando por accidente. Se está evaporando por diseño.
Yo vengo de esa clase media del esfuerzo. Crecí viendo a mis padres encadenar empleos, de esos de «sol a sol», de muchas horas. Esas mismas jornadas que la vicepresidenta Yolanda Díaz demoniza y quiere prohibir desde la comodidad de un sueldo público que no conoce la asfixia de fin de mes. Mis padres trabajaron así para que no faltara nada, pero hoy, con sus políticas, el esfuerzo ya no garantiza la nevera llena. Es muy fácil legislar sobre horarios y descansos cuando no se tiene el problema de elegir si tus hijos comen fruta, carne o pescado.
Usted habla de frenar a la «extrema derecha», lo usa como un escudo para todo, pero ¿dónde queda el freno a quienes quieren romper España? Su sentido de la igualdad ha quedado sepultado bajo pactos con extremistas a los que usted concede todo lo que piden, desequilibrando la balanza en detrimento del resto de los españoles que cumplimos la ley y pagamos los impuestos que financian esas concesiones.
Lo que más me duele no es la política abstracta, sino la realidad que veo cada día. Presido una ONG y lo que está entrando por la puerta ya no son solo los perfiles tradicionales de exclusión, no son personas que vienen a las diferentes actividades que ponemos en marcha. Ahora veo entrar a quienes hasta hace poco eran mis vecinos de clase media. Veo a autónomos y pequeños empresarios que tuvieron que cerrar por la pandemia, cargando con deudas impagables que contrajeron para intentar salvar sus negocios. A esta gente se les niegan los derechos sociales porque tienen un piso en propiedad,. unos ladrillos que no se comen, pero que les condenan a la exclusión administrativa.
Y llega la Navidad, Señor Presidente, y con ella la crueldad se multiplica. Mientras ustedes inauguran luces y dan discursos de prosperidad, en las casas de esa clase media «desaparecida» se respira una miseria silenciosa y vergonzante. La Navidad se ha convertido en un recordatorio de lo que fuimos y ya no somos. Duele ver cómo familias que antes llenaban la mesa, ahora hacen malabarismos para disimular ante sus hijos o nietos que no hay para carne, pescado, ni regalos. Las luces de la calle son un insulto para quien no puede encender la calefacción. Esa es la pobreza que usted ha creado: la de quien trabaja (o trabajó toda su vida) y aun así tiene que venir a mi ONG a pedir comida para la cena de Nochebuena con la cabeza gacha.
Si esta es la sociedad que ha construido, donde el mérito se castiga, la igualdad se vende al mejor postor y la Navidad es sinónimo de angustia en lugar de celebración, le confieso que siento vergüenza. Vergüenza de ver cómo un país de trabajadoros se convierte en un país de subsidiados. No nos proteja de fantasmas ideológicos y empiece a protegernos de la realidad que ha fomentado.
Belén Arén es presidenta de Activos y Felices