Haciendo un remedo de la broma popular que repetía lo de «Ortega y Gasset son dos», publiqué en estas páginas un artículo con el título afirmativo de ‘Ortega y Gasset son dos’. Me refería al filósofo, José, y al mayor de sus hermanos, Eduardo, periodista, jurista, intelectual, gobernador civil de Madrid el 14 de abril de 1931, mentor de la II República, de la que fue Fiscal General en plena Guerra Civil, diputado, abogado en ejercicio y digno ciudadano en el exilio, hasta su muerte en Caracas en 1965. Desparecía la figura, que no la memoria, de un hombre dedicado al servicio público, generoso, lleno de humanidad, solidario, como miembro de la Liga de Derechos Humanos, y predicador del entendimiento y la concordia. Todo ello a pesar del sufrimiento que padeció como víctima de atentados terroristas, de los que se salvó su familia por la reacción valiente de su esposa, que en una ocasión atrapó la caja con la bomba explosiva debajo de un colchón. De algún modo, le inspiraba el espíritu del presidente Manuel Azaña en su invocación a la «paz, piedad y perdón». Así lo predicó Eduardo a sus hijos y nietos, lo que llevó a calificarle por uno de sus hijos como «un santo laico».
Efectivamente, se trataba de un hombre excepcional, hijo de una familia donde la libertad de pensamiento, el amor a la cultura y el ejercicio del periodismo les venía por herencia de su padre, José Ortega Munilla, cuya tarea en la modernización de las empresas de comunicación fue decisiva en el primer tercio del siglo XX. Y, volviendo al principio de lo que hoy sería un meme así llamado, los Ortega y Gasset no sólo era dos, sino tres, pues su hermano Miguel fue también un intelectual, dedicado a la ciencia con resultados de excelencia. Ha sido el historiador Carlos Sánchez Tárrago, doctor en Historia por la Universidad de Alicante con una tesis sobre Eduardo Ortega y Gasset (2025), quien ha despejado el meme, recordándonos que también Miguel formaba parte de esa familia de intelectuales en la que sobresale el filósofo José, que implantó en España un fervor y criterio de pensamiento instalado en la modernidad, siendo en su tiempo, con Unamuno y Blasco Ibáñez, enseña y referencia de la cultura en Europa y América.
Carlos Sánchez Tárrago ha devuelto al presente la figura de un personaje decisivo en la historia del siglo XX, a quien sepultó el silencio. Su tesis doctoral, la biografía del político e intelectual, y, pensando en el futuro, la creación de la Asociación Cultural Eduardo Ortega y Gasset, son momentos decisivos para recuperar la memoria de quien dejó como una de sus máximas: «Hay que reconocer las cosas buenas que hicieron los malos y las cosas malas que hicieron los buenos». Entre las buenas, el mayor de los Ortega y Gasset nos dejó su conducta solidaria y generosa. Exiliado en la dictadura de Primo de Rivera, Eduardo fue el hombre que recibió a Unamuno al llegar a Francia desde Fuerteventura, y sería, durante el exilio de los seis años, apoyo decisivo para que Unamuno se instalara en Hendaya, acogido por el afecto de los Ortega y Gasset en la villa de Kaby-Gosho. Allí se editaba la revista ‘Hojas Libres’, redactada casi en su totalidad por Eduardo, y en la que tanto él como don Miguel lanzaban saetas de crítica razonada y punzante al rey Alfonso XIII y al dictador. Tanto la profesora Ana Urutia, como quien esto escribe –hemos publicado un estudio reciente en la Universidad de Salamanca sobre la relación de ambos personajes– hemos convenido que, sin la colaboración de Ortega y Gasset, Unamuno no hubiera podido vivir, ni siquiera aguantar, una semana en Hendaya, lejos de la familia y perseguido por la policía. Pero gracias a su acogida, el filósofo vasco escribió la parte más sobresaliente de su poesía. Unamuno sería nombrado ciudadano de honor de la República. Ambos entraron por Irun en 1930, tras la caída de la dictadura. Eduardo siguió predicando la necesidad de la República, escribiendo un opúsculo que presentó en el Ateneo de Madrid. También participó en el Pacto de San Sebastián.
Sánchez Tárrago rescata del olvido a un republicano silenciado por el franquismo y desconocido por la democracia. Su viuda escribió una carta a Felipe González, solicitando que el gobierno devolviera sus bienes incautados. Murió esperando contestación. La creación de la Asociación Cultural Eduardo Ortega y Gasset, que ahora se presenta en la Fundación Ortega-Marañón, va a ser un acicate para rescatar del olvido a un ciudadano que luchó por la dignidad de su tiempo.
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