Querido Sócrates: hoy he tenido que desplazarme para una consulta en el hospital. Acudí con tiempo para encontrar mi lugar y neutralizar los desajustes que, naturalmente, se pueden producir.
En recepción, una amable funcionaria me indica a donde debo ir. Mi primera desorientación surge al tomar el ascensor y decido subir por la escalera, al menos no hay que sortear a los que no se bajan en tu planta. Una vez allí comienza la búsqueda, pero ¿de qué pasillo?
No hay más que carteles que no son el que buscas. Te abrumas tanto que no eres capaz de leerlos todos. Mientras, los que te rodean aparecen absolutamente seguros y conocedores de la situación. Tú viajas de un lado al otro, buscas y preguntas a cualquier ser blanco o verde. El que has elegido no te lo sabe solucionar y se disculpa porque trabaja en otra ala del edificio. Por fin aparece el lugar, pero no porque lo hayas encontrado por ti mismo aunque lo tengas delante, sino que, en tu entontecido deambular, has preguntado a no sé quién y te ha dicho: "Esa puerta".
Inicias una aproximación cuidadosa, diciéndote a ti mismo que debes fijarte más y mejor y descubres un interminable pasillo lleno de gente. Te adentras. Tiene distintos cubículos y cada uno de ellos te parece más atestado que el otro. Hay más carteles, pero de nuevo no el que buscas. ¿Me lo habrán dicho mal o yo no lo habré entendido? Avanzas sin confianza y, por fin, aparece el rótulo y te acercas.
Imaginas a los que aguardan como si fueran los propietarios y tú te tuvieras que ganar el sitio a golpe de florete. Te parece, Sócrates, que ellos te miran como un intruso que les va a estorbar en su asunto.
Ves un sitio, que no te gusta porque está arrinconado y tienes que molestar para pasar, pero no hay otro. El vecino retira, muy amablemente, la ropa del asiento para que lo ocupes y sientes un cierto alivio mientras saludas tímidamente.
Te despojas de la chaqueta, la pones sobre las piernas y te acomodas a esperar. Inmediatamente en tu pensamiento, como una serpiente insidiosa, se abre la idea de ¿cómo sabrán que estoy aquí? ¿Qué turno me tocará? Pasan para ti unos interminables minutos mientras, cada poco, miras el reloj que parece no correr. La puerta de lo que supones la consulta permanece cerrada y muda y te preguntas porqué no entra ni sale nadie. Entonces, una señora de la limpieza con su cubo, guantes y fregona, pasa ante ti y entra. Inmediatamente piensas: "Eso está vacío y voy a tener que esperar un montón".
Dos personas, aparentemente muy seguras, se dirigen a la puerta y la franquean sin llamar, al rato salen con cara de haber resuelto su asunto.
Decididamente piensas que eres bobo y no te sabes mover. Pero la puerta no se abre y ves como, cada vez, acude más gente que va quedando da pié.
Finalmente sale una mujer con una tablilla en la que supones debe haber una lista donde figuras. Ves el cielo abierto, te armas de valor y te diriges a ella, pero con un seco !ya le llamarán! se aleja por el pasillo sin detenerse.
Vuelves a hundirte en tu asiento y empiezas a mirar a tu alrededor. Ves pacientes y acompañantes inquietos, impasibles o ausentes. Otros cuchichean de sus asuntos mientras que, de tanto en tanto, miran a su alrededor como si los que allí aguardamos estuviéramos implicados en algo de lo que comentan. Enfrente, un padre y una hija juegan a rellenar crucigramas para combatir la espera. Gracias al teléfono móvil nos enteramos con detalle de todos los males de una mujer. Pasa una gitana con dos hijas y veo que estrena zapatillas. Una persona de aspecto fino, llega, otea el panorama, hace una llamada y al poco se va. Hombres sentados con bastón y gorra como podrían estar en un banco de su pueblo un martes al sol. Una joven que, nada más llegar, se amarra al móvil y se aísla. Llega un matrimonio y un poco más allá una mujer lima las uñas a otra de la que te enteras que es su tía.
Pero también ves que hay más puertas. Puertas abiertas por las que no puedes, debes(?) pasar. Cada vez que una puerta suena, tú te vuelves buscando una solución. Puertas de una sala, aparentemente pequeña, en la que no entra nadie pero de la que cada poco, sale alguien diferente y que te hace pensar que eso debe ser como el camarote de los hermanos Marx o que tiene una entrada secreta que nunca llegarás a conocer.
Pasan enfermeras y más enfermeras, guapas, altas, bajas, con pinta de estar saturadas de trabajo o que se les ha acabado el turno y se despiden de una compañera. Jóvenes, mayores, delgaduchas o gorditas. Una de ellas saluda a un paciente y charla con él, mientras tú te figuras un enorme complot de enchufes que hará que se salte su turno.
Enfermeras que recitan nombres que no son el tuyo ni el de tu médico. Enfermeras que buscan pacientes que no aparecen, mientras alguien muestra su satisfacción porque corre turno. Cada vez que ves una enfermera te interrogas si esa será el ángel blanco que venga a salvarte.
En un momento vuelves de tu ensimismamiento y ves que la sala se está vaciando. Hay un cura solo en la tercera fila y se escucha un murmullo que denota que del roce surge el colegueo.
¡Por fin! Llega tu turno y no te lo crees, pero te levantas como si te impulsara un muelle, no vaya a ser que se esfume sin saberlo.
Mientras el médico te atiende, el tiempo no tiene dimensión, tanto si es mucho como si es poco, porque no eres consciente.
Al salir, con distinto afán que al entrar, miras al frente y te sientes un privilegiado ante los que todavía están allí, porque te has liberado de la espera.
Siempre tuyo.
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