Hay un lugar con bancos de madera, esa especie en extinción desde que se descubrieron materiales que no necesitan mantenimiento. Son bancos con el escudo de León en el respaldo que, a pesar de estar cuarteados por las heladas y solanas de cuatro décadas, son bonitos. Hay un lugar donde puedes dejarte hipnotizar por una fuente que dibuja arcos de agua en el cielo, bailando para el ginkgo biloba y para el enorme magnolio que la escoltan como dos enamorados, a una prudencial distancia. El agua, que lo sabe, multiplica sus piruetas aéreas, compitiendo con los pavos reales que brillan en azules y verdes por el parque de Quevedo, sabiéndose admirados.
Hay un lugar con recovecos sombríos, césped espeso y setos cómplices de los enamorados, conviviendo con sol y caminos de piedra por los que pasean ancianos. Espacios compartidos por humanos, pavos reales, ardillas y cientos de árboles. Los patos deambulan por el lago, ignorando a los niños que pretenden jugar con ellos. Alguien corre. Alguien se sienta bajo la sombra del pino araucano, mientras otro se levanta a estirar las piernas y despejar la modorra de la media siesta dormida bajo el abedul blanco. Todo ocurre al mismo tiempo. Solo un giro de cabeza te lleva al beso de la pareja, las enormes flores del magnolio, el durmiente ya despierto y el atleta, cada vez más lejos. Estás en un refugio climático de lujo. Un oasis a ras de suelo, ofreciendo sombras en un tórrido día de junio. Solo los abedules y cipreses se atreven a subir al cielo y formar un techo verde bajo el que nos cobijamos los humanos.
Alguien llega y te dice «Hace mucho calor para estar al sol». Te sientes como un niño pillado haciendo lo que no debe. «Pues sí, tiene razón. Debería estar caminando». Y el malentendido te hace levantar de un salto y la conversación se pone a caminar con nosotros, aclarando el asunnto. El desconocido se refería a lo nocivo de exponerse a un sol tan fuerte y una se sintió culpable por no estar caminando.
Así, paseando en un lugar donde entraste a buscar aire fresco y hacer una pausa en el camino, encuentras con un refugio climático de soledades. En cada sombra hay una sombra sentada, hasta que alguien toma la iniciativa, da un par de pasos y saluda como con disimulo mientras se sienta. Ahora, el hombre que miraba fijamente a la nada, con las manos apoyadas en un bastón y la barbilla apoyada en las manos, habla con el que sonreía a los patos, a pocos metros de distancia. Ya no son dos sombras cobijadas por dos sombras. Ya sacaron los recuerdos y son dos hombres regalándose palabras. Uno con sombrero, otro con bastón y los dos, camisa de cuadros y todo por contarse. Ya no son en blanco y negro. Parece que traían una primavera debajo del abrigo y en los bolsillos, los aperos de la vida y los recuerdos. Casi ves cómo se secan un par de inviernos en aquel banco, porque hasta en los días más calurosos, la soledad hace frio, cala hasta los huesos y pesa mucho. Y tú, como la vieja del visillo, descubres un mundo que rebulle entre los árboles y deseas que alguien se acerque a la anciana sentada junto al templete de los músicos, sin más compañía que un no sé qué, que enreda una y mil veces entre los dedos.
Por si no había suficiente magia en el ambiente, tropezamos con un hombre limpiando su clarinete. Sobre el banco, la funda del instrumento y sobre sus piernas, la pieza que limpia meticulosamente. Al pasar ante él, nos saluda sin levantar la cabeza siquiera. Se le nota veterano en estas lides y muy seguro de sí mismo, como si formara parte del mobiliario del parque. Y lo es.
Para eso paga su licencia por tocar todos los días la trompeta o el clarinete allá, en el extremo del oasis, donde la verja te separa del puente de San Marcos y del Hostal de pasado oscuro. El que alojó a Quevedo tras las rejas de su cárcel, ilustre prisionero al que los leoneses rindieron homenaje. Solo tuvo que cruzar el Bernesga en dos brazadas, para hacerse eterno habitante de este parque al que dio nombre, merecedor del premio internacional Green Flag.
Con Quevedo como testigo, se alargó la charla entre un desconocido, con el que llevaba un rato paseando, y un músico callejero. Hablamos de hoy y de ayer, de Leonard Cohen y el joven español que contrató para enseñarle a tocar unos acordes flamencos. El que faltó a la tercera clase porque se suicidó la noche anterior. Qué refugio necesitaría aquel chico para el calor del verano y el frío de la soledad. Qué parque le hizo falta. Qué banco de madera y qué sombra cambiándose de sitio, uniéndose a la suya y secándole el invierno que tanto le pesaba.
Salimos del parque por distintos rumbos, sin preguntarnos el nombre por ser lo menos importante de una tarde en la que no hubo guerras en ningún mundo. Allí quedaron la paz, los pavos reales brillando azules y verdes, el agua bailando, las sombras acompañadas y las que seguían siendo islas sin agua para volver. Con ellos, el hombre del clarinete siguió limpiando la música, para que mañana las notas vuelvan a ser niñas.