Éramos pocos y ahora, en los pueblos, retumban ecos de tormenta. Las multinacionales de la energía amenazan con plantas de biogás. Y no lo hacen de frente ya que se esconden bajo el paraguas de empresas pantallas. Nadie sabe con exactitud quién se agazapa detrás de esas empresas que, con un capital social ridículo, aspiran a hacer inversiones millonarias. Y todo para salvar a los pueblos de la peste de los purines. Así es como venden sus proyectos contando para ello con la complicidad de la Junta de Castilla y León que actúa como muñidora entorpeciendo el acceso a las fuentes de documentación.
Formamos parte de la despensa carnívora de España engordando miles y miles de cabezas de cerdos, chotos, corderos y pollos. Las deyecciones de estos animales, antes un bien agrícola, al producirse en cantidades industriales se convierte en una peste que pone en riesgo la potabilidad del agua. Pocas provincias de Castilla y León se libran de los nitratos contaminantes. De ahí que las diputaciones, cuando llega el verano, se vean obligadas a repartir agua en camiones cisternas entre los vecinos de los pueblos afectados.
En un nuevo giro de tuerca a los problemas medioambientales, han aparecido las plantas de biogás que, nos dicen, matan dos pájaros de un tiro. A partir de ahora los purines no se derramarán en las tierras; junto a los desperdicios de los mataderos, a la paja y al bálago del monte se introducen en una gran caldera herméticamente cerrada y, al fermentar, se producirá gas que, convenientemente dirigido a un depósito, se transformará en energía para cocinar, para alumbrarnos de noche o para ducharnos. Qué bien suena el cuento.
Hay dos problemas a los que apenas aluden los promotores de estas plantas. ¿Qué se hace con el digestato, es decir, qué se hace con el conglomerado que queda de la masa de residuos tras ser sometida a la presión que produce el gas? Porque el digestato no se evapora. ¿Dónde se lleva? Sabemos que su hedor es tan pestífero que el alcalde de Casasbuenas, un pueblo de Toledo que sufre las consecuencias de una planta cercana, ha dicho que los vecinos de su municipio sufren náuseas y que, además, han de dormir en pleno verano con las ventanas cerradas. En este caso, para más inri, la planta está en término de Noez, el pueblo de al lado. Menudo regalito les ha llegado a los de Casasbuenas. Y ahí no se acaban los inconvenientes ya que, al hedor hay que sumar un intenso tráfico de camiones. Las plantas tienen una boca grande que se lo traga todo y hay que alimentarlas con camiones de veintitantas toneladas que cada diez o doce minutos, pasan por los pueblos a descargar su mercancía.
En Alemania hay unas diez mil plantas de biogás que no causan mayores problemas. ¿Cuál es la diferencia? En Alemania y en otros países del norte de Europa se trata de miniplantas ligadas a las propias explotaciones ganaderas. Necesitan, eso sí, que una tubería pase por la granja para devolver a la red general los excedentes que sobran para el funcionamiento de sus explotaciones. De esta manera, el digestato, es fácilmente asumible por parte del ganadero.
Al parecer, el negocio produce grandes dividendos, en España lo promueven las multinacionales de la energía, las mismas que, sin miramientos, hace seis o siete décadas, dejaron sumergidas cientos de aldeas bajo las aguas de los pantanos como sabe Julio Llamazares. De ahí que la gente luche ahora enconadamente contra las plantas de biogás. La tecnología es buena pero nadie, en su sano juicio, quiere vivir al lado de un gran estercolero. Por eso surgen por doquier movimientos de protestas encabezados por los vecinos de los pueblos afectados. Lo curioso es que, en ocasiones, algunos pueblos, bajo la tutela de un alcalde previamente camelado, abran de par en par las puertas de su municipio a estas multinacionales, ante la indiferencia del resto de la España vacía. En fin, en fin, éramos pocos…
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