Pedro Sánchez: la oportunidad perdida

Juan José Alonso Perandones
01/10/2016
 Actualizado a 11/08/2019
Cuando las cámaras televisivas en el Congreso enfocan a la bancada socialista delatan la minoría que actualmente representa este grupo político en el foro nacional. Si las trasladamos a Cataluña o País Vasco, aún resulta más menguada y delatora de una acción política equivocada (quién lo diría, casi igualados con el PP). Parece la sombra de lo que un día fue. En este declive tiene su parte la crisis económica, pero, fundamentalmente, errores de estrategia política y la esclerosis a que han ido sometiendo a la organización algunos dirigentes cuya máxima aspiración ha sido perpetuarse en los cargos, propósito al que dedican horas sin fin para urdir cómo conseguirlo.

Las causas profundas del decaimiento del Partido Socialista, pues, no se han de cargar, sin más, sobre las espaldas de Pedro Sánchez, quien eligió, por cierto, a continuación de Madrid, la Agrupación de Astorga, para hacer su presentación, en junio de 2014, como candidato a la secretaría general del partido. El reto no era fácil: renovar una organización centenaria que, junto a sus virtudes, había acumulado algunos vicios (no menor el uso de las administraciones como regalías para algunos de ellos, incluso abandonados los cargos). Desafortunadamente, el elegido secretario general no ha podido, o sabido renovar la savia del partido ni calar, como líder solvente, para los españoles, en las distintas elecciones que se han venido celebrando desde su asunción de tan alta responsabilidad.

Sea por la falta de cintura o tacto de él mismo, de su círculo más cercano (ajeno totalmente a la gestión pública, es decir, inocentes totalmente de lo que es gobernar y la responsabilidad que ello conlleva), lo cierto es que el partido centenario está sumido en el desconcierto y en la desestima de gran parte de los españoles. El propósito de la utilización por parte de Pedro Sánchez de los recursos que facilita el control de la organización política para, con el pretexto de una gran consideración hacia los militantes, perpetuarse en el poder del partido con una nueva elección sorpresiva y ‘exprés’, esto es, sin dar tiempo real a otras alternativas, lo desacreditan y delatan cuáles son, en su fuero interno, más allá del partido y de los intereses nacionales, sus aspiraciones personales.

No puedo afirmar rotundamente, pero no creo andar desencaminado, si sostengo que los militantes socialistas, efectivamente, no quieren un gobierno de derechas, pero tampoco un gobierno alternativo con quien tanto los ha insultado y tantos mordiscos de continuo les tienta y vocea, Iglesias Turrión, y los proseparatistas catatalanes. Si el PP tiene casos judiciales a mansalva, tantos o más, «y más familiares» son los de los convergentes catalanes, con el aditamento de su deslealtad para con los demás españoles. Por mucho que baile y se desgañite Iceta, los convergentes, sus mayordomos de Esquerra y otros semejantes no son buenos compañeros de viaje. No se debe confundir a los militantes, ni a la opinión pública con estrategias, tentadoras publicitariamente, pero imposibles. Un partido como Ciudadanos no puede aceptar esa coalición, sencillamente porque nació precisamente en Cataluña para denunciar sus atropellos. Es decir, que se permite gobernar al partido que ha ganado las elecciones, o se pretende una coalición dañina o unas elecciones con resultados más menguados.

Pedro Sánchez, si las prisas, o su ambición no atemperada por ser presidente, o lo que fuere, no lo hubieran cegado, podría haber llegado a ser un líder con futuro. Porque todo lo tenía en su mano, es decir, la posibilidad de negociar unas reformas positivas para la Nación, con un partido, conservador, que en otra tesitura no las hubiera aceptado, y, culminadas, exigir nuevas elecciones. No cabe duda, que los españoles hubieran premiado esta altura de miras; y si se les hubiera explicado a los militantes las razones, las causas, de una abstención lo hubieran entendido, al igual que sucedió con la incorporación a la OTAN (este caso de mucha más enjundia). El Partido Socialista ha de seguir siendo un partido de gobierno en los ‘moldes’ democráticos europeos, no cautivo de un infantilismo izquierdista y frívolo para con la Nación, que vende mucho, tanto como pobreza y enredo puede aportar. Lo que canta son las urnas, ese castigo cada vez más acentuado es el veredicto ciudadano.

Y hay otro aspecto desacostumbrado en el Partido Socialista que bajo el mandato de los actuales dirigentes muchos militantes han vivido: un afán desmedido por combatir a quienes, consideran de otro bando, sea de Madina o de otro militante. El caso de lo acaecido hasta hoy en día con la Agrupación Socialista astorgana, donde recordábamos, inicialmente se presentó Pedro Sánchez, es la muestra de una arbitrariedad y nepotismo, al menos consentidos, sin límites; también el máximo ejemplo de las consecuencias de un desenvolvimiento electoral erróneo, pues en los comicios locales últimos el partido centenario obtuvo, en relación con su inmediato pasado en la ciudad, el peor resultado de toda España.

Necesita tiempo y reflexión el Partido Socialista, para analizar, con sosiego y sin justificaciones vanas, el porqué de su decaimiento; y contar con unos dirigentes a la altura de las circunstancias, como los tuvo en la Transición. A los que interese más que un gobierno descabellado que los aúpe a los ministerios, el que se lleven a cabo unas anheladas reformas, imposibles sin el partido que obtuvo mayor número de votos de los españoles. Esa es la alternativa, con objetivos y plazos, sea con la permanencia del actual presidente del gobierno (lo más conveniente, pues un líder nuevo podría consolidar en el gobierno a este partido), o de otro representante. Son tiempos difíciles para España, en los ámbitos económico y territorial, y necesita dirigentes, en los partidos que la vertebran, con un sentido de estado, avezados y desprendidos de su interés inmediato personal.
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