Me duele París. Me duele el alma por una ciudad que (lo he vivido), ha sido siempre en los últimos años fusión de culturas, de religiones, de maneras de pensar, de tolerancia hacia todo lo que a ella llegaba.
Me duele París. Me duele porque no entiendo el modo tan salvaje de actuar de esos descerebrados que por mor de su religión, creen que matar les lleva al “paraíso” mientras otras religiones predican precisamente lo contrario: el castigo perpetuo para quienes roban la existencia a otros.
Me duele París, y posiblemente me duela dentro de poco lo que ocurra en otros lugares, porque nunca he entendido ninguna religión que no se basara en la creencia fundamental del amor a los demás, en no hacer daño a nadie, en buscar su bien porque ése bien particular termina siendo el bien común.
Me duele París, y rechazo por eso la barbarie de quienes, amparándose en presuntas ideas religiosas, predican la muerte en lugar del hermanamiento y de la solidaridad y aprovechan las ideas religiosas para someter y asesinar a los demás.
Me duele París porque, desde que llegué allí por primera vez, entendí lo que era una ciudad cosmopolita en la que convivían todas las razas, todos los idiomas, todas las religiones… porque entendí que era el paradigma de una tolerancia que pocas veces encontramos en esa nuestra vida diaria llena de todo lo contrario, repleta de incomprensión, afianzada en la desconfianza mutua en lugar de la creencia en lo que los demás hacen…
Me duele París porque creí en ella, porque la viví muchos años, porque para mí sigue siendo la Ciudad de la Luz y la Ciudad del Amor, porque hoy está triste.
Me duele París, también, porque creo que no puedo, pienso que no debo soslayar la responsabilidad de todos los políticos de esta Europa nuestra a los que los conflictos parece que les pillan demasiado lejos hasta que (como en el cuento del lobo)nos matan a las ovejas y a los corderos. Recuerdo un viejo verso de una vieja canción de mi juventud (cuyo autor ha quedado relegado en mi memoria):
"Que dirá el Santo Padre
que vive en Roma
que le están degollando
a sus palomas.
Miren como nos hablan del Paraísocuando nos llueven balas como granizo
Miren el entusiasmo con la sentencia sabiendo que mataban a la inocencia"
Durante mucho tiempo, esos políticos han preferido mirar de soslayo a la verdadera realidad del problema. Se han movido más por intereses “geoestratégicos” que por el verdadero interés de esos ciudadanos que hoy, frías cifras de muerte, han pasado a engrosar la lista de mártires por la LIBERTAD.
Me duele París (y ójala que mañana no me duelan otras ciudades, otros lugares, otros sitios, otras muertes). Me duele París pero, como decía Edith Piaf con su voz rasgada en su ‘Rien de rien’…
"No, no me arrepiento de nada
Ni del bien que se me ha hecho, Ni del mal, que me da igual
No, nada de nada… No, no me arrepiento de nada
Esta pagado, barrido, olvidado
No me importa el pasado con todos mis recuerdos…
Con ellos he prendido el fuego de mis decepciones, mis placeres…
Ya no los necesito
Muy atrás están los amores y sus temblores… atrás para siempre
Comienzo de nuevo a partir de cero
No, no me arrepiento de nada…
…de nada, porque mi vida, porque mis alegrías… hoy, comienzan contigo"
Me duele París. Me alegrará París porque ójala (espero no equivocarme) termine convirtiéndose una vez más en ese símbolo de LIBERTÉ, ÉGALITÉ, FRATERNITÉ (libertad, igualdad, fraternidad) que haga reflexionar a nuestros políticos para una verdadera lucha contra el «olor a muerte» que predica el penúltimo comunicado de esos descerebrados, que utilizando la religión, enarbolan la bandera de la muerte.
Me duele París, pero hoy (más que nunca)… ¡QUIERO A PARIS!... Y quiero cantar con los franceses ese himno de libertad que es La Marsellesa…
Allons ! Enfants de la Patrie !...
"Adelante, hijos de la Patria:
ha llegado el día de la gloria
aunque el estandarte sangriento de la tiranía
se haya levantado contra nosotros.
¡A las armas, ciudadanos!
¡Formemos los batallones!
!Sigamos adelante!"
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