Lo que nos enseña la basura

Ornis
07/06/2016
 Actualizado a 18/09/2019
Querido Sócrates: Hace tiempo, cuando la última huelga de la basura en León,me fijé en las montoneras y lo que contenían las bolsas, comenzaron a rebullir algunas ideas. Después, con motivo de la misma huelga en Málaga, he visto fotos que me han recordado mis conjeturas. Más tarde han tenido lugar otras huelgas y alguna que otra catástrofe de la que creo vamos saliendo.

Durante veinte años viví en un bajo que tenía, justo ante la ventana, un contenedor del que aprendí mucho. Lo primero de lo que me di cuenta fue de con que irresponsabilidad nos deshacemos de nuestros desechos. Mientras están en casa son un asco, un estorbo e incluso una pesadilla. Una vez que, ya de espaldas, escuchamos el ruido de la tapa del contenedor al caer, experimentamos una liberación y nos creemos, firmemente, que el asunto ya no es nuestro problema.

También aprendí algo sobre la composición «química» de la basura.

Lo que desechamos no son únicamente peladuras de frutas, algún resto de comida, los descartes de las verduras o los huesos del pollo. Hay mucho más, y la lista es tan interminable como la de los objetos y productos que utiliza nuestra civilización.

Realmente todo acaba siendo basura, por una sencilla razón; compramos más cosas de las que nos caben en casa y la capacidad personal de reutilización y reciclado del ciudadano medio es limitada si no acude a la gestión industrial de recursos.

Lo que, sobre todo, se encuentra son recipientes, botellas de plástico de un infinito número de tipos, bricks de leche y zumos de todos los tamaños, blísteres de los objetos que compramos y mucho vidrio. Precisamente ayer vi como un hombre, aparentemente un hostelero, de la batería de contenedores eligió el de basura orgánica y tiró unas cajas de cartón. Al caer, cantaron su contenido, botellas de vidrio.

Otra categoría, no desdeñable, está formada por la ropa, pero también es frecuente ver televisores, cristales de ventana rotos, muebles, colchones, piezas de vehículos, cajas de frutas, pallets de madera ... ¿a que la simple enumeración ya resulta un poco abrumadora?

Realmente, Sócrates, no hemos sido capaces de dar el paso del manejo privado, doméstico y rural de la basura hacia la gestión pública, industrial y urbana. Seguimos confiando en que la naturaleza con sus bichos y sus avatares destruya, entierre y disuelva lo que actualmente construimos con materiales que ya no son naturales.

La basura actual es más abundante y más compleja que la que teníamos hace menos de cincuenta años. Antaño los restos de comida eran engullidos por cerdos, gallinas y conejos o se echaban al abono. Los restos combustibles se convertían en cenizas en la cocina económica y volvían, como cernada, a la huerta o al prado. El vidrio, poco vidrio, se reutilizaba para embotellar cosechas familiares. El plástico y las pilas eran infrecuentes. Los restos de cerámica volvían a la tierra, de donde habían salido y lo metálico lo compraba el chatarrero. Lo poco que quedaba se tiraba al barranco, un lugar al que el pueblo le daba la espalda. No todo era idílico pues, pero casi no había basura.

Comprendo que hay lugares y situaciones en las que es difícil separar para reciclar, pero también sé, veo y experimento que, para hacerlo, es necesario un cierto sacrificio. Algunos piensan que este sacrificio es para evitar que otros se esfuercen más o que si no lo hace «el otro» ¿porqué me voy a esforzar yo? Pues se equivocan, porque el mundo, y más nuestro mundo inmediato, es casa común y lo que de él estropeemos nos afecta a todos.

Para darte una muestra y no aburrirte, únicamente te hablaré de los plásticos. Hemos producido y, sobre todo tirado sin reciclar, tanto que, en elocéano Pacífico ha aparecido una nueva masa de miles de kilómetros cuadrados que han bautizado como el séptimo continente. El caso es que los investigadores piensan que pueden aparecer otros «nuevos continentes flotantes» en otros océanos.

Te voy a pedir, que tomes el ordenador y busques a través de internet: ‘aves contaminación’ y ‘continente de plástico’ y busques directamente las imágenes. Creo que al que no le impacten las aves muertas llenas de tapones, encendedores, anillas y otros pequeños objetos de plástico debe de ser un salvaje.

Pues esto, a otras muchas escalas, sucede con otros seres y también con el mismo hombre, que no revienta, pero que se envenena silenciosamente.

Eso, Sócrates, me lleva a otro importante aspecto. Nuestras basuras, rurales y urbanas, de pequeños o grandes núcleos, van a un vertedero que no está en el campo, sino en «un campo». No clasificar y separar los desperdicios, produce problemas en otros lugares y personas.

Esos problemas, cualquier día, vendrán a visitarnos.

Siempre tuyo.
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