León ante una nueva legislatura en la era de la inteligencia artificial

Juan Carlos Álvarez
30/04/2026
 Actualizado a 30/04/2026

Es sabido que a finales del siglo XX se produjo en Occidente un cambio de paradigma político provocado por el desarrollo económico. Los expertos lo llaman «post-materialismo», y consiste en cómo se han recolocado las ideologías en aquellas sociedades que como la nuestra han alcanzado un alto desarrollo económico y social. Dicho de manera sencilla, si la política del siglo XIX y la mayor parte del XX formulaba sus propuestas respecto de los derechos más tangibles del ámbito económico y social (trabajo, salario, vivienda, igualdad ante la Ley, educación, sanidad), en las últimas décadas el foco ha cambiado hacia la calidad de vida y la plena realización personal.

En ese tránsito la izquierda ha sido mucho más hábil que la derecha, quizás porque hizo de la necesidad virtud después del fracaso de la Unión Soviética, dejando de hablar tanto de economía para especializarse en «derechos de última generación» tales como la protección ambiental, la igualdad de género, la identidad personal, los derechos de los pueblos y los de otros colectivos ‘damnificados’ por un sistema que no sería suficientemente sensible o eficiente.

Es destacable que desde el París del 68 hasta el ‘wokismo’ surgido de Harvard y Stanford, pasando por ejemplo por el independentismo catalán, para una buena parte de esta nueva izquierda la lucha por el techo, la comida y demás derechos de contenido económico es cosa de los padres o de los abuelos, de manera que sus ‘ideólogos’ suelen surgir de ámbitos económicamente privilegiados en los que una primera generación habría luchado por derechos básicos, una segunda habría conseguido desarrollo económico, y es la tercera la que aspira a concretar valores post-materialistas. Ese esquema es comprensible pero entraña enormes riesgos, siendo conocido el aforismo «los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean buenos tiempos, los buenos tiempos crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles».

Ahora bien, siendo una idea bastante generalizada la de que Occidente se enfrenta a un reto mayúsculo en un momento de ‘personas débiles’ que hemos vivido íntegramente en el mayor tiempo de paz y prosperidad de la Historia, quizás en esta ocasión hay un elemento nuevo que nunca antes se había dado, y es la aparición de una tecnología que a juicio de muchos expertos cambiará nuestras sociedades como ningún otro evento o descubrimiento lo ha hecho hasta ahora. 

Pues bien, la economía de mercado ha sido en el siglo XX para la satisfacción de las necesidades materiales lo que la inteligencia artificial puede ser en el XXI para el conocimiento, con una trascendencia enorme tanto en el plano de lo material (algunos expertos vaticinan un aumento exponencial en la producción de bienes y servicios) como en el de los valores que van a regir ese nuevo escenario en el que va a ser posible analizar y medir prácticamente todo.

Lo dicho hasta aquí tiene por supuesto una traducción local, y se visualiza especialmente en nuestras comarcas mineras que pueden estar adelantando lo que nos viene: esas zonas, cuya situación económica está claramente cimentada en el trabajo de las generaciones anteriores y que viven un presente fuertemente ideologizado donde priman las políticas post-materialistas, están en riesgo de volver a ser pobres justo en el momento en el que se va a producir una extraordinaria revolución tecnológica.

¿Puede en ese escenario León seguir con la agenda de otras sociedades más ricas, después de habernos desplomado en todos los indicadores económicos tras la desaparición de nuestros principales sectores productivos?

La respuesta a esa pregunta viene marcando las diferencias entre las distintas opciones políticas: por un lado la izquierda especializada en la identificación de damnificados por el sistema y en la producción de normas de protección, por otro la derecha centrada en el mantenimiento de una economía que sufre el envite de mercados muy lejanos así como en los valores tradicionales, y por último las fuerzas más identitarias que desde la derecha ponen el acento en lo que está ya sucediendo con la inmigración en Europa, mientras que desde la izquierda se esfuerzan por preservar ciertos elementos convertidos en minoritarios.

En las últimas décadas los partidos identitarios se habían situado más bien en el post-materialismo, con algunos resultados dramáticos como por ejemplo Cataluña que ya ha sido superada en lo económico por varias regiones españolas y en la que el alto grado de inmigración ha hecho crecer últimamente opciones políticas que siguen enarbolando sus banderas pero advirtiendo ya con la misma fuerza del colapso del sistema.

Es imprescindible que nosotros no sigamos ese camino, y para ello debemos volver a ponernos manos a la obra, asumiendo que nuestras antiguas fuentes de riqueza han desaparecido, teniendo la humildad de reconocer que en todas las opciones políticas hay personas e ideas válidas, que nuestra crisis requiere autocrítica, y que debemos unirnos si no queremos que la extraordinaria revolución tecnológica que se nos viene encima nos pille discutiendo sobre el pasado o el sexo de los ángeles en lugar de trabajando en cómo reconstruir y reinventar nuestra economía para que las nuevas generaciones puedan seguir teniendo aquí su proyecto de vida.

Necesitamos fundamentalmente emprendimiento, y para ello debemos reducir drásticamente la burocracia, adelgazar la administración, derogar normativas que están pensadas para sociedades ricas, facilitar el asentamiento rural mediante bonificaciones fiscales verdaderamente atractivas y el mantenimiento de los servicios públicos esenciales. Tenemos que retener y atraer a los jóvenes ofreciendo las condiciones adecuadas, y el primer paso para ello es muy claro: debemos ponernos de acuerdo para una gran reforma legal y administrativa.

Hagamos que el pequeño emprendedor que mañana va a preguntar en cualquiera de nuestros ayuntamientos por las posibilidades de asentar un proyecto encuentre una administración receptiva, una normativa ‘amigable’, unos trámites sencillos, y unas ventajas competitivas que podrían empezar por la fiscalidad: estoy seguro de que la IA puede ya verificar científicamente que ese emprendedor, incluso disfrutando de una exención fiscal, contribuiría muchísimo más al desarrollo social que si su proyecto no saliera adelante.

Todo eso está en nuestra mano, pero tenemos que dejar de lamentarnos por lo que fuimos para encarar el futuro con ideas y normas nuevas. Desde aquí propongo comenzar por la reforma de la Ley de Régimen Local, seguida de las de Montes, Prevención Ambiental y Urbanismo de Castilla y León.

Juan Carlos Álvarez es alcalde de Sabero
 

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