León, ciudad sólida

César Pastor Diez
17/12/2020
 Actualizado a 17/12/2020
Parece lógico que siempre haya algún detalle que criticar a quienes se encargan de diseñar, urbanizar, asear o regir nuestra ciudad. De hecho el diario La Nueva Crónica publica de vez en cuando algún defecto urbano o algún problema, ya sea de suministro de agua, electricidad, de limpieza o de orden público. Pero todo esto es normal. Los defectos de una ciudad evidencian su vitalidad. Una ciudad sin defectos es una ciudad muerta. Si León tiene defectos es porque tiene vida. Se comprueba cuando se comparan las fotografías actuales de León con sus viejas fotografías de color sepia. Cuanto más crece una ciudad más defectos elimina. Y eso debe satisfacer a sus habitantes, a pesar de los desaires que nuestra ciudad recibe de vez en cuando, como este último de su elusión como sede europea de la Ciberseguridad.

Quien haya conocido, como yo, la ciudad de León con 22.000 habitantes, y la vea ahora con sus 125.000, se dará cuenta que la ciudad ha tenido muchísimos defectos pero que precisamente eso le ha dado motivos para trabajar, vivir y progresar a fin de ofrecer a la vista de quien ahora la contemple la prestancia y esplendor de un León que puede cotejarse entre las ciudades más hermosas de España, con sus grandes avenidas, sus plazas radiales como la Inmaculada, sus magníficos paseos como la Condesa Sagasta y Papalaguinda y sus paradisíacos extrarradios como la Candamia o Puente Castro, además de sus amplias zonas deportivas en lo que antes eran yermos.

Cuando yo era niño vivía en la plazuela Puerta Obispo, detrás de la catedral, donde cada miércoles tenía lugar el mercado de frutas y verduras. Los agricultores llevaban allí sus productos con carros tirados por bueyes que quedaban estacionados en el mismo sitio; y al final de la jornada, entre desperdicios y excrementos quedaba la plaza hecha un vertedero que hedía a zahúrda. Las actuales mascarillas anti virus no habrían bastado para mitigar la pestilencia que se aspiraba en aquella plaza hasta que acudían los servicios municipales con carros-escoba y mangueras a presión y resolvían el problema. Aquel mercado era uno de los defectos que tenía León, pero que durante décadas dio vida a los campesinos y a las personas que allí compraban hortalizas más baratas que en los otros mercados.

En la parte trasera de los edificios de aquella plaza se acababa la ciudad y empezaba la campiña. Lamiendo las paredes posteriores de aquellas casas, pasaba una acequia que servía para el riego de la enorme explanada agrícola que se extendía en aquella zona, la cual hoy día, totalmente edificada, alberga un enorme aparcamiento de coches y algunas calles. Un poco más abajo, a izquierda y derecha se han levantado grandes barrios, inexistentes en mi niñez, lo mismo que a diestra y siniestra de la calle San Pedro donde han surgido nuevas calles, plazas arboladas e incluso un Centro de Formación Profesional. Todas aquellas edificaciones nacieron a causa de los defectos que por allí tenía León: charcas insalubres, trochas, barrizales, veredas, caminos de tierra o calles sin asfaltar en las que cuando llovía era preciso caminar con zancos. Todo, en fin, eran defectos que yo conocí en mi niñez y que con el tiempo han dado expansión, lustre y nueva vida a León. Y esto lo comprobé en una de mis últimas visitas a mi ciudad natal.

Los otros límites urbanos eran San Marcos, los jardines de San Francisco y la antigua estación de ferrocarril, todos ellos ya sobrepasados por nuevos barrios y urbanizaciones.

Pero León no solo son iglesias, palacios y cristalerías góticas. También está su idiosincrasia y su costumbrismo. Recuerdo haber leído en La Nueva Crónica y mucho antes en las obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer, magníficas descripciones de las ceremonias del Viernes Santo leonés, que tenían su punto culminante en la Plaza Mayor abarrotada de estandartes y de público. Dicho todo lo que antecede, será preciso tener en cuenta otro defecto, quizá mayor que los ya citados. Me refiero al preocupante déficit de natalidad. Hoy todavía no se percibe a nivel de calle porque aún nos acompaña la presencia y el alegre griterío de los niños. Pero cuando los niños de hoy sean adultos quizá busquen y no encuentren en su entorno la algazara propia de los pequeños, ni jóvenes que auxilien a los ancianos necesitados de atención. Las muertes por causas naturales añadidas a las defunciones por la pandemia del Covid-19 superan con mucho a los neo-nacidos, con lo que el crecimiento vegetativo de nuestro país es alarmantemente negativo. Si esta situación se prolonga mucho en el tiempo, el riesgo de regresión poblacional será agobiante para todos, viejos y jóvenes, con grave repercusión en la economía (venta de pisos, mobiliario, equipamientos, escuelas, etc.).

‘León se muere’ he leído recientemente. Pero León y España entera resurgirán, como resurgieron tras los múltiples episodios bélicos, pestes y pandemia sufridas a través de los siglos. Y ya es hora de que los españoles eliminemos los genes guerreros presentes en nuestros cromosomas y los gerifaltes que instigan a lanzar media patria contra la otra media.

Todos estamos deseando que la curva de contagios del Covid-19 alcance su punto de inflexión descendente, pero la misma curva de inflexión en el crecimiento de las ciudades resulta corrosiva. Y yo aquí como una tórtola solitaria, tan alejado de mi tierra, a mi edad, dispuesto a morir cada crepúsculo, cuando el cielo se incendia con el sol poniente tras las montañas de la cadena Prelitoral que contemplo desde mis balcones, y cuando me acuesto y abro un libro para conciliar el sueño no puedo asegurar que vuelva a abrir los ojos cuando en mi alcoba irradie el nuevo día. Es un riesgo que tengo asumido hace tiempo.

Empecé diciendo que una ciudad sin defectos es una ciudad muerta; pero cuidado, porque una ciudad sin niños es una ciudad moribunda, sin futuro y sin germen de resurrección.

Los gobiernos central, autonómicos, provinciales y municipales deberían adoptar políticas de estímulo a la natalidad mediante generosas ayudas de todo tipo a las parejas fértiles, lo cual, a la larga, sería una inversión más productiva que otra cualquiera.
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