Lazúrtegui: el Bierzo y el mar

Javier Fernández Lozano
27/05/2026
 Actualizado a 27/05/2026

En una época en la que los caminos eran escasos, tortuosos y, durante buena parte del año, casi impracticables, el ferrocarril surgió y se convirtió en algo más que un simple medio de transporte en la provincia de León. Aquel moderno y veloz caballo de vapor estaba llamado a convertirse en la gran vía de comunicación capaz de romper el aislamiento de las cuencas mineras bercianas y de enlazarlas con los puertos, los mercados y las ciudades industriales del norte de España. Allí donde apenas llegaban los caminos, el tren abría una puerta al progreso.

El Bierzo encontró en Julio de Lazúrtegui a uno de los grandes impulsores de aquel sueño industrial. Este empresario vasco, hoy recordado en la plaza que lleva su nombre en el centro de Ponferrada, ideó un ambicioso proyecto para crear «una nueva Vizcaya en el Bierzo», una comarca capaz de transformar el hierro y el carbón en riqueza, empleo e industria. No se trataba únicamente de explotar las minas, sino de articular todo el territorio en torno a la producción moderna del acero.

La idea surgió en un contexto de profundas transformaciones económicas. Desde finales del siglo XVIII, las políticas ilustradas de fomento industrial habían alentado en España el desarrollo de manufacturas estratégicas y de instalaciones vinculadas a la metalurgia. Pero fue sobre todo en el siglo XIX, con la revolución del vapor y del ferrocarril, cuando el mineral se convirtió en mercancía global y los raíles en un instrumento decisivo para la modernización.

La poderosa siderurgia vasca, que durante décadas había crecido al calor del mineral vizcaíno y de sus conexiones con Inglaterra, necesitaba asegurar nuevos recursos y mercados. El hierro, el carbón y el transporte formaban ya una misma ecuación económica. Sin ferrocarril no había minería competitiva; sin minería no había siderurgia; y sin puertos no había una salida internacional real.

En ese escenario, el tren se convirtió en la llama que iluminó numerosas iniciativas para conectar León y El Bierzo con otras regiones que florecían al ritmo de la industrialización. El ferrocarril de La Robla, inaugurado en 1894, nació precisamente para transportar el carbón de las cuencas leonesas y palentinas hasta la industria siderúrgica vasca. Años más tarde, en 1919, la línea Ponferrada-Villablino –el popular Ponfeblino– comunicaría la cuenca minera de Laciana con las instalaciones de la Minero Siderúrgica de Ponferrada y con el entramado energético e industrial que acabaría marcando la historia contemporánea de la comarca.

Pero la expansión ferroviaria no se detuvo ahí. Es, de hecho, en este escenario, en el que surgió el proyecto de Julio Lazúrtegui, una propuesta tan audaz como seductora. Consistía en conectar el puerto de Ribadeo con las minas de hierro de Villaodrid y, desde allí, prolongar la mirada hacia El Bierzo. El proyecto contemplaba una red de vías estrechas que enlazaría Ponferrada con el litoral cantábrico lucense, atravesando montañas, valles y comarcas que hasta entonces permanecían mal comunicadas.

La pieza esencial de aquel engranaje era la línea de Villaodrid a Ribadeo, que, desde comienzos del siglo XX, transportaba el mineral hasta el embarcadero de Porto Estreito, en la ría ribadense. A lo largo de unos treinta y cuatro kilómetros, el ferrocarril seguía el valle del Eo y convertía el paisaje en una arteria industrial. Por sus vagones viajaba el hierro que salía de las minas lucenses rumbo a los mercados europeos.

Villaodrid –origen del actual municipio de A Pontenova, en la histórica Terra de Miranda– vivió entonces un notable auge minero. A orillas del Eo se levantaron hornos de calcinación, instalaciones ferroviarias, cargaderos y talleres que transformaron una pequeña localidad del interior de la provincia de Lugo en uno de los enclaves del hierro más significativos del noroeste peninsular. El ferrocarril no solo transportaba mineral; también se convirtió en lugar de encuentro de población, actividad económica, comercio y vida social.

Aquella tradición metalúrgica hundía sus raíces en un tiempo mucho más remoto. Desde la Antigüedad, el hierro sirvió para fabricar herramientas, útiles agrícolas y utillaje para las labores mineras vinculadas a los grandes paisajes auríferos del noroeste, desde Las Médulas hasta La Leitosa, en León, y en la cuenca del Lor en el Courel. Más tarde, las referencias medievales y las ferrerías de los Ancares y del occidente berciano prolongaron una cultura del hierro que atravesó siglos de historia.

Lazúrtegui supo ver el valor estratégico de unir ese distrito minero gallego con los cotos Wagner y Vivaldi, situados entre Bembibre y Ponferrada. Redescubiertos a finales del siglo XIX, fueron bautizados con los nombres de reconocidos compositores musicales por la afición del empresario vasco a la música. Aquellos yacimientos representaban una promesa de futuro para El Bierzo. Su magnetita –un óxido de hierro con propiedades magnéticas– no era un mineral fácil de obtener ni siempre limpio. La presencia de carbonatos, fósforo y sulfuros obligaba a realizar tratamientos previos para mejorar su rendimiento industrial. Pero su volumen y su localización convertían a este conjunto minero en un recurso de enorme interés.

Para aprovecharlo, se proyectaron hornos de calcinación capaces de mejorar la calidad del mineral antes de su salida a los mercados exteriores. La ambición era clara: transformar un territorio rural en una verdadera región siderúrgica. Sin embargo, aquel programa nunca llegó a materializarse. Uno de esos hornos, junto a la localidad de Onamio, permanece todavía como una ruina industrial. Una arquitectura solitaria, herida por el abandono, que recuerda la magnitud del proyecto y la fragilidad de los sueños económicos cuando les falta capital, continuidad política y decisión empresarial.

El colosal plan para conectar las minas leonesas con el puerto de Ribadeo naufragó. La falta de financiación, la lentitud administrativa y el estancamiento de las concesiones impidieron que aquellos valles mineros quedaran unidos por una misma vía férrea. Lo que pudo haber sido una gran arteria industrial del noroeste quedó reducido a un proyecto, una memoria y una ruina.

Hoy, el desaparecido tren de Villaodrid a Ribadeo pervive transformado en vía verde, convertido en camino de senderistas donde antes resonaban locomotoras, vagones y cargamentos de hierro. El sueño ferroviario de los cotos Wagner y Vivaldi, por su parte, permanece como testigo mudo de una ambición mayor: convertir El Bierzo en una ‘Nueva Vizcaya’, en una comarca capaz de fundir, bajo un mismo horizonte, minas, ferrocarril, industria y mar.

El arco del hierro que se extiende desde la costa lucense hasta el entorno de Astorga, salpicado de explotaciones, hornos, galerías, cargaderos y pueblos mineros, sigue contando una historia subterránea. Bajo los sedimentos, bajo los montes y bajo la memoria de sus ruinas, permanece la huella de una actividad que durante siglos sostuvo el avance de la civilización. Porque la minería no solo supuso una actividad extractiva, fue también la responsable de abrir caminos, levantar puentes, alimentar fábricas, mover trenes y transformar territorios.

Javier Fernández Lozano ex Profesor Titular de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas de la Universidad de León
 

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