La popular fiesta de la Aparición

Julio Cayón
07/02/2016
 Actualizado a 01/09/2019
Bien es cierto que en los últimos tiempos los barrios más antiguos de la capital leonesa han procurado reverdecer sus tradicionales fiestas, que, en otras épocas, tuvieron brillo y personalidad propia en el conjunto de las celebraciones populares. Enclaves como Santa Marina, San Martín o el barrio del Mercado –por citar tres ejemplos– marcaron de manera costumbrista y desde siempre una genuina peculiaridad propia cual era, en este caso, organizar unos festejos –verbenas, en definitiva– con el suficiente atractivo para que la gente acudiera desde todos los puntos de la ciudad.

El antiguo y personalísimo barrio del Mercado, por lo tanto, –que es quien nos ocupa– fue tradicionalmente uno de los lugares de obligada asistencia en el mes de febrero con motivo de la Fiesta de la Aparición, jornada que –sin importar qué día cayera de la semana– se conmemoraba por todo lo alto, con algarabía y una concentración pública más que notable. De modo y manera, que la Aparición de la Virgen –que según las crónicas se produjo el 9 de febrero del año 566, exactamente donde se recibe el crucero de la Plaza del Grano– venía a ser algo así como un acto social en plena calle. Y no hay que remontarse más allá de la década de los años sesenta del pasado siglo para comprobar cómo se disfrutaba la festividad en total armonía, libertad y hermandad ciudadana. No existían distingos ni corsés aplicables.

Aparte de la programación religiosa que tenía lugar en la inveterada iglesia de la calle Herreros, la de Nuestra Señora del Mercado y del Camino, la antigua de León –por aquellos años con Heraclio Alonso Fernández, como párroco, y el auxilio inestimable de Enrique García Centeno, que aún continúa al frente de la feligresía como toda una institución viviente–, la fiesta, en sí, se vivía, se palpaba y se disfrutaba en las calles de la barriada. Y ello era posible gracias al trabajo –hoy se explica con el término colaboración– de los mozos del barrio, que, sin conformar una asociación al uso como ahora se entiende, formaban y conformaban, cargados de ilusión y ánimo, unacomisión de festejos irreprochable. Los jóvenes–conviene por justicia y reconocimiento inexcusable recordarlo– eran quienes llevaban las riendas del programa lúdico con nota más que alta. Los comerciantes e industriales de la zona –la vida, por entonces, se hacía prácticamente en el barrio– también ayudaban y mucho para el buen fin de la festividad.

La verbena –centro gentil de la celebración– se convertía, cargada de tipismo, en una explosión de cadenetas y olorosos, por su aceite, puestos de churros. Quioscos ambulantes de golosinas –ahora se dice chuches–, como el garboso y redondo chicle ‘Bazoka’ con sabor a fresa, el impoluto algodón de azúcar, las pastillas de guirlache, duras como peñascos pero sabrosas siempre; los conos de chufas, las pipas de girasol a granel, las manzanas bañadas en caramelo rojo, el regaliz en palo… en fin.Alguna que otratómbola de premios baratos, casetas de tiro –se alimentaba ya el aserto «fallas más que una escopeta de feria» porque la mayoría de las carabinas estaban desajustadas–, vendedores de obleas… y el organillo. Nunca faltó el inimitable y españolísimo organillo y su característico sonido, que daba fuste, alegraba los oídos e invitaba al baile por parejas. Entrada la noche, la orquesta sobre la tarima colocada ex proceso, y, por allí, alrededor, velando del orden y las denominadas –y muy respetadas– en la rígida y lineal época como ‘buenas costumbres’, el guardia municipal –su remoquete de forma genérica era ‘el chiri’–, a quien la chavalería y los petardos traían de cabeza.Todo un escenario de líricas remembranzas que daban a la ciudad un irreprochable e indiscutible halo castizo.

Y cómo olvidar personajes tan entrañables por aquellos tiempos –que también participaban de la verbena– como el maestro Pinacho, santo y seña del barrio del Mercado, que tenía escuela en el número cinco de la calle Puerta Moneda. Muchos leoneses se formaron allí bajo su académica disciplina. O a Manolo Santamaría, conocido de manera tan respetuosa como cariñosa con el sobrenombre de ‘El Joludo’, maestro en la interpretación de tangos, elegante en el vestir y generoso siempre. Todo un paradigma del caballero leonés. O el bonachón de Marcelo ‘el héroe del Escamplero’, batalla que se libró en tierras de Asturias muy próximas a Oviedo, en la Guerra Civil Española. Marcelo se jugó literalmente la vida –fue condecorado por ello- para llevar agua a los soldados del llamado bando nacional, sin importarle el fuego cruzado entre unas y otras tropas. También, naturalmente, mujeres de probadas virtudes y constancia como la ‘señá’ Ana, la ‘señá’ María, la ‘señá’ Consuelo… Y muchas otras. Por resumirlo, había por entonces en el barrio del Mercado tal número de parroquianos destacados –mujeres y hombres–, que haría muy larga la lista de notorios.

La fiesta de La Aparición, en suma, que en el transcurso de este siglo XXI se celebra, nada tiene que ver en su contexto ni en su cuerpo central con aquellas en las que se concentraba el mocerío para divertirse. Para vivir León con todas las consecuencias. En definitiva, para pasárselo bien, que ese era el espíritu, el deseo y el fin. Y se lo pasaban. A lo grande.
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