Isabel, la panadera

José Luis Alonso Díez
27/07/2025
 Actualizado a 27/07/2025

Cómo conjurarnos contra la Parca, cómo desviar su mirada y su camino por un tiempo, cómo hacer que se detenga en su trabajo o que pase de largo; en Quintana de Raneros no sabemos ya cómo contar nuestros muertos; no damos crédito a tanta desaparición.

No somos una población particularmente envejecida y los llamados al eterno viaje han sido de todas las edades. Desde noviembre de 2024 en que la malhadada nos llevó a Gelo, se han sucedido en una cascada incesante los vecinos y vecinas que nos han abandonado; todos de dolorida pérdida y algunos por su momento insospechado, más asombrosa y triste aún si cabe su marcha sin retorno.

La última, hace unos días, Isabel, la panadera. Pero permítase desplegar la nómina de ausentes porque a este cronista, si de obituarios se tratara, no hubiera parado de poner negro sobre blanco desde noviembre de 2024.

Comienza la nómina con nuestro querido amigo Gelo, el de Asun al finalizar el año 2024. Desde que amaneció el 2025, se fueron muchas personas: Cecilia, ya centenaria, maestra de aquellos años pretéritos; Fina la “gasiosera”, pionera con Luis Soto con su fábrica de gaseosas; Lin, es decir, Gabriel Gómez, que cuidaba a su familia después de perder a Flora, su esposa, hace ya muchos años; Ramón Acevedo, a quien glosamos en su momento; Dora, cuya figura era eterna en el barrio de abajo de Raneros y a cuyo teléfono acudíamos cuando no había más que dos cabinas en el pueblo; Tina, la carnicera, quien con su Avelino nos despachaba aquellos chorizos de callos y los conocidos como  chorizos “sabariegos”; su hija Milagros, a los dos meses presa de una fatalidad añeja; Nati Fernández, nuestra vecina de la calle del reguero de toda la vida; Natacha, la hija de Ana y  Jose, tan joven ella y tan bella… Sumamos a dos curas que atendieron la parroquia: don Emilio, de la Virgen del Camino que estuvo en Quintana hace bastantes años y don Antonio que dio el relevo al actual pastor, Miguel Ángel, que por su edad y personalidad ha perdido el “don”.

Y ahora Isabel, la panadera, como en un suspiro. Qué vacío se ve el banco frente a su casa, al lado del puente sobre el reguero, siempre rebosante de mujeres al sereno o a la sombra del medio día. Ahí con ella estaban Leli, Doni, Geli y su inseparable Pidi, la ciega, con quien antes del verano los habituales del pueblo veíamos siempre cuando pasábamos con el coche por la calle Mayor. No hacía falta saludar pues Pidi es invidente e Isabel, con sus gafas profundas, tampoco distinguía a los que se desplazaban con el vehículo en marcha.

Yo, que soy una generación más joven que la de Isabel, aún recuerdo su panadería en pleno funcionamiento con su padre, Fernando, y su madre, Lina, a los mandos. Era la época del trueque; llevábamos quilmas de trigo que se convertían en hogazas. Ellas apuntaban las hogazas que te correspondían y luego iban tachando cruzando el palito cada vez que te llevabas una; aquellas hogazas de tres quilos, como ruedas de carro, bien cargadas de tu propia harina y que duraban casi una semana y que estaban más ricas a medida que pasaban los días; aquellas hogazas que se acompañaban con lonchas de tocino, con jamón y con cecina, estos dos últimos manjares, también con mucha suerte, pues no todos los días se podían catar.

Isabel vivía sola; era una persona soltera, autónoma y vivaracha. Con Cari y otras mujeres del pueblo podíamos observarla paseando de mañana por el Camimo de Oncina hasta el vecino pueblo de Oncina de la Valdoncina. Los domingos la veíamos subir camino de la Iglesia, sin prisa pero sin faltar, todos, a tocar a misa y a preparar la iglesia para cuando llegara el cura, que ahora no tiene tiempo de nada pues se va de parroquia en parroquia como “el tío de los mixtos”, sin parar; sin recogerse en un rato de oración porque no le da tiempo, como nos recordó Miguel Ángel, el domingo del duelo de Isabel (el domingo posterior a su fallecimiento, como es costumbre en Quintana de Raneros desde siempre). Y luego, todos los parroquianos asistían al momento solemne en que Isabel pasaba el cepillo con la petición a los fieles, con su andar calmo y sus gafas señeras. Pero, ¿esta mujer ve algo? Pareciera que poco y que agudeza visual disminuida acentuaba su sentido auditivo pues cuando llegabas hasta ella, frente al banco de su casa, y oía la cháchara de los niños con el abuelo, que venían de ver el tren, al tenerlos cerca les decía: “¿a que os gusta Quintana  más que Barcelona? Decidle al abuelo que os quedáis aquí con él”.

Isabel, la panadera, un santo y seña de esta comunidad que se fue de repente, sin una mala queja; simplemente, estando con sus habituales en el banco por la noche adelantó su cansancio, mostró alguna dificultad para respirar y dijo de ir a acostarse a eso de las once, un poco pronto en verano y que a la mañana siguiente ya no regresó al banco, ni al camino, ni a la Iglesia, ni a León en los días de mercado (otra costumbre ancestral de este pueblo que antaño se hacía en tren y ahora en el bus mañanero que regresa a la hora de comer). 

Un banco vacío, que cuesta volver a llenar porque tiene muy tierna la huella de su menudo cuerpo, de su habla tranquila y socarrona (al cura, siempre con prisa, le replicaba: “usted tiene prisa, yo no”. Así se fue también, tranquila, sin importunar a nadie, ni a la familia, ni a las amigas y vecinas ni a los médicos que hace unos días la devolvieron para casa con antibióticos porque sólo le apreciaron un resfriado. En su misa de duelo, el domingo, se volvió a pasar el cepillo pero ya no estaban sus manos, ni su mirada al fondo de los bancos; Begoña se encargó. 

Fue extraño no ver a Isabel este domingo. Es muy extraño no verla en el banco frente a su casa, la antigua panadería. Se hace extraño, sí, perderla para siempre sin tiempo a pensarlo. Se fue como el agua que cantaba queda a sus pies en el arroyo Oncina, sin murmullos ni lamentos, como el agua del reguero. 
 

Archivado en
Lo más leído