La Semana Santa es una celebración religiosa, pero con una innegable vertiente cultural e incluso espiritual, que hace que sea valorada también por aquellos que no profesan la fe cristiana. Hasta conozco católicos que no les gustan las procesiones por la banalización de una fiesta tan sagrada para ellos. El caso es que León no es ajeno a esta bicefalia irreconciliable tan típica de nuestro país, el debate que enfrenta a cristianos apostólicos romanos por la gracia de Dios, y a ateos, agnósticos y paganos en general, discusión que se materializa en nuestras calles entre los que están a favor de la procesión del Genarín, o en contra de ella.
Cuando era pequeño, siempre me llamó la atención un detalle del calendario agrícola que hay en San Isidoro. El mes de enero está representado por el dios romano Jano, que cierra la puerta del año viejo y abre la del nuevo (ianuarius/enero). Jano es un dios bifronte y por eso era el que se situaba en las puertas; significaba la entrada y salida, los comienzos y los finales. Pero mi pregunta era, si el panteón es lugar más sagrado de la tierra para los reyes leoneses, puesto que significaba su juicio final, el paso al más allá, ¿por qué se representaba un dios pagano justo al lado de la figura más mística de Jesucristo, el pantocrátor? Me costaba entenderlo. Sin embargo, cada vez he encontrado más referencias paganas, o de cultura popular, en lugares eminentemente religiosos. Sin ir más lejos, en el propio San Isidoro están representados los signos zodiacales o criaturas mitológicas. La festividad del mitraísmo, religión extendida en el imperio romano, es el 25 de diciembre, fecha que el cristianismo adoptó para la Navidad. La figura del cordero esta relacionada con los moscóforos de la antigua Grecia, y podría enumerar muchos más ejemplos de cómo en lugares sagrados se han introducido elementos paganos. La respuesta a por qué puede haber un dios pagano en San Isidoro, no es otra que la aceptación o reconocimiento de las dos caras del hombre. La parte más platónica y espiritual, que le lleva a tener esas ideas de trascendencia y conciencia del bien, pero también la parte relacionada con las costumbres, el pecado y los placeres terrenales. A ambas suele hacer referencia cualquier concepción religiosa, espiritual o filosófica del ser humano. Y negar alguna de ellas, es intentar tapar el sol con un dedo.
Tan hipócrita me parece pretender entender la Semana Santa sin la religión, como obviar la parte heterodoxa del hombre. El que entienda bien Genarín sabe que no es un macrobotellón (aunque algunos quieran convertirlo en eso). Genarín es una de las caras de la moneda que representa el ser humano. Semana Santa es recogimiento y penitencia, pero es también limonadas y corros de chapas. Es ir descalzo como papón, pero también pasarse una petaca de orujo. El libro de Julio Llamazares, el entierro de Genarín, es un retrato magistral de la sociedad leonesa de principios del XX que invito a leer. Es una maravilla trasladarse a ese León en blanco y negro, y escuchar cómo paseaba un veterano de la guerra de Cuba con sus medallas por San Marcos, o lo que supuso la visita del todopoderoso Athletic de Bilbao a la Puentecilla, el estadio de la Cultural. Y sobre todo, haber pateado las calles donde se situaban las tascas, las casas de citas o lo que eran huertas y eras donde hoy hay bloques de edificios. La historia del Genarín es además una realidad cultural que encaja perfectamente con la tradición literaria leonesa, con la picaresca, y que no tiene porqué estar reñida con que León sea, como dice su himno, ‘de santidad osario’.
Creo que puede ser compatible emocionarse con El Encuentro, y valorar el Genarín como parte de nuestra tradición. Quizás no esté mal parecerse más al dios Jano, bifronte, para saber mirar con una cara al incienso, y con la otra al orujo. Al fin y al cabo, tan malo no puede ser, porque está retratado al lado de Cristo.
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