Querido Sócrates: No sé cuando te llegará esta carta, aunque creo que, cuando la leas, se confirmará lo que te digo.
Bueno, pues cuando era chaval dediqué, como era mi obligación, algunas horas a estudiar la historia de Roma, España etc. Recuerdo que por mi falta de atención, me fijaba más en las ilustraciones que en el texto. En mi mente juvenil daba vida a aquellos personajes y adobándolo con lo que escuchaba en clase, los veía actuar.
Unos eran reflexivos filósofos como Platón, matemáticos como Eratóstenes, que había calculado ingeniosamente la circunferencia de la Tierra. Otros eran vehementes, o así lo creía yo, como Cicerón. Valientes como Viriato o Aníbal, también los había dolientes como los mártires cristianos y finalmente otros, difíciles de entender, como Lutero, pero eran fascinantes.
A mí lo que más me gustaba eran la Prehistoria y la Historia antigua, pero no por los hechos, sino por los objetos. Ver la imagen de un hacha de sílex, el alfabeto egipcio o la planta del Coliseo, desencadenaban en mi mente multitud de preguntas que yo respondía utilizando mi reflexión e imaginación que, muchas veces, quedaban muy decepcionadas por no tener después documentos, información o imágenes que lo corroboraran.
La Historia medieval era para mí un galimatías de familias mal avenidas en continuo reparto de herencias. En clase había uno que se sabía la lista de los reyes godos pero a mí, aprenderla, me parecía un esfuerzo hercúleo, inútil y condenado al fracaso. A mí lo que me importaba era cómo sería la vida diaria del castillo, qué comerían, cómo viajaban y domaban a sus caballos o cómo pasaban el invierno. Me preocupaba cuánto pesaría la espada del Cid o cómo se las habría arreglado el rey Sancho de Navarra para romper las cadenas de los esclavos negros que protegían al rey moro en Las Navas de Tolosa.
En fin, mi escasísima inteligencia social junto con mi pobre memoria, me impedían almacenar muchas fechas o relaciones entre personajes, así que acabé recordando más los procesos que los datos.
Pero ¿por qué te cuento todo esto, Sócrates? Pues porque lo que sucede hoy me recuerda lo leído en los libros de historia y lo que escuché a mis maestros.
Recuerdo de aquella etapa una cosa, la lucha entre los poderes y los poderosos, que casi siempre terminaba de forma parecida. Ya, desde Roma, se comenzaba a configurar nuestra actual organización política, pero había hombres que por ambición u otra visión de futuro tiraban por la calle de enmedio y tú te sorprendías de sus atrevidas hazañas.
Los dictadores de pata negra como Julio César o Napoleón hicieron cosas por las que a sus naciones les quedó alguna buena herencia pese a las desgracias que les acarrearon. Pero los dictadores menores, sus imitadores, son únicamente dañinos, porque su proximidad les hace no estar en la historia, sino en el menudeo del día a día y crean una corte, cohorte(?) que amplifica su maldad.
Pero en esto, nada más cierto que la historia se repite y los que la ignoran, por desconocimiento o por interés, están irremediablemente condenados a repetirla. Quizá por eso hay quien gusta de educaciones blanditas, inanes y sesgadas y que teme a educadores independientes y críticos.
Fíjate en todos estos imitadores que comienzan muy silenciosos como si fueran uno más. Me atrevería a decir que ni siquiera imaginan a donde pueden llegar. Son como esos pequeños pelotas de Universidad que comienzan de delegados de curso. Poco a poco se van afianzando en su seguridad, gustando de los privilegios y van rodeándose de palmeros acríticos y, sobre todo, interesados.
Comienzan con unas medidas que satisfacen a su pueblo, a las potencias hegemónicas o a ambos. Mediante estas actuaciones se van revistiendo, poco a poco, de las auctóritas. Mientras se construyen ese vestido van desnudando la organización de su sociedad, tanto si es democrática como si no. Si, además, esta todo adobado de ignorancia, desconocimiento, pobreza, resentimiento y desigualdad, mejor que mejor. Los que están en ese cocido tienen poco que perder y mucho que soñar.
Después, crean un enemigo, real o imaginario que justificará todos los esfuerzos. Si alguien le intenta poner coto, la respuesta es revestirse de la «autoridad del pueblo» la fuerza o ambas y, con una maña de prestidigitación, bordear o cambiar la ley.
El que le intenta parar los pies es estigmatizado como «enemigo del pueblo» y, si pierde, nunca mejor dicho, está perdido. A partir de ahí no hay retroceso. Muy rápidamente se comienzan a eliminar contrincantes por diferentes procedimientos. La norma se olvida, transgrede y cambia al dictado del poderoso, generalmente apoyada en una votación o aclamación.
Se forma una guardia pretoriana ¿de dónde vendrá esa palabra? que administra parte del pastel y que, a su vez, tutela una policía precisamente creada para el populacho, que ha dejado de ser «el pueblo» y se ha convertido en el enemigo del dictador y de sí mismo. Sócrates, ¿a que mi reflexión te recuerda situaciones no muy antiguas y actuales?
¡Ah! No olvides que Fidel estudió en los Jesuitas, y que en los Jesuitas se estudiaban los clásicos, y con los clásicos, sus dictadores.
Siempre tuyo
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